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PEQUEÑO Y TENTADOR ENGAÑO 10 страница



—Puede que no lo concibiera ni lo llevara dentro de ella nueve meses, pero es la mujer que lo ha cuidado y querido desde que vino a este jodido mundo. La que lo ama tanto que no le importa ocupar el papel de concubina en tu vida, permitié ndote que hagas con ella lo que quieras, con tal de que no la apartes del


niñ o que considera suyo. ¡ Que es suyo!

—Rugió, atravesando a su hermano mayor con la mirada—. ¡ Porque Daniel, esté s de acuerdo o no, es su hijo!

Giró sobre sus talones, dispuesto a largarse de allí, pero Vicenzo, sin apenas contener ahora el odio que corroí a sus entrañ as, lo detuvo, recordá ndole a Valente lo que semanas atrá s le habí a confesado sin ningú n á pice de arrepentimiento.

—No he olvidado que estabas enterado de todo este engañ o y decidiste guardar silencio. Ocultá rmelo igual que ella.

Valente respiró hondo, retrocediendo mentalmente en el tiempo, recordando la noche en la que salió de fiesta con Mariam. Las palabras que la joven habí a


pronunciado de forma inconsciente lo hicieron sospechar y se puso a investigar.

—Nadie quiso ocultarte nada, Enzo. — Se pasó las manos por la cara, frustrado, como si fuera un auté ntico esfuerzo no moler a golpes al mamarracho que tení a por hermano mayor—. Yo supe la verdad solo una semana antes de que Gia Carusso se adelantara a Mariam y vertiera todo su veneno…

—¿ Se le adelantara a Gia? —repitió Vicenzo, la falsa sonrisa que esbozó estaba teñ ida de irritante sarcasmo—.

¿ En serio crees que esa tramposa pensaba desvelarme todo la verdad? Los dientes de Valente rechinaron.

—Sí, lo pienso. Solo era cuestió n de


dí as que lo hiciera. ¿ Y sabes por qué, hermano? Porque esa tramposa como tú la llamas, es una de las mujeres má s dignas y leales que he conocido.

Harto de aquel enfrentamiento inú til, se dirigió a su despacho en la empresa, pero antes de cruzar el umbral, y dá ndole la espalda, agregó:

—Cuando esta noche la busques para saciar una vez má s tu deseo en ella, pregú ntate quié n de los es má s farsante y detestable. Si ella o tú. Y si realmente la está s castigando por ocultarte lo de Daniel o por lo que te hace sentir desde el primer dí a que irrumpió en tu vida.

¿ Lo recuerdas? Yo estaba allí y vi con que posesividad la mirabas. Desde ese condenado instante la reclamaste como


tuya.

Y dando un portazo tras de sí desapareció. Vicenzo miró fijamente la puerta y apretó los puñ os. Se sentí a a punto de estallar. La rabia ardí a dentro de é l como una llama negra, nociva, llená ndolo de sombras oscuras.

 

Acurrucada có modamente entre un mar de sá banas blancas, Mariam continuaba despierta en medio de la penumbra de su dormitorio en el apartamento. Un dormitorio que seguí a sin compartir con Vicenzo, pero eso no impedí a que durmiera con ella, abrazá ndola, todas las noches desde que tení an relaciones intimas. Jamá s desde entonces habí a dormido sola ni una sola noche, pero ese


dí a… era má s de medianoche y sus brazos no la envolví an contra su cuerpo duro.

 

Parpadeó para eliminar la extrañ a y repentina humedad de sus ojos.

¿ Por qué se engañ aba así misma viendo en todo eso un gesto romá ntico? Vicenzo habí a sido bastante claro. El ú nico motivo que lo hací a permanecer en su cama cada madrugada era tenerla a mano cada vez que se despertaba excitado durante la noche, o para que su erecció n mañ anera fuera calmada entre sus muslos, boca o manos.

El episodio de esa tarde en la mansió n que Vicenzo habí a decido comprar aú n la atormentaba, quitá ndole el sueñ o a


pesar de estar agotada.

Sorbió por la nariz e hipó para seguir reteniendo el llanto mientras estrechaba má s las sá banas contra su pecho.

—¿ Có mo Vicenzo? … ¿ Có mo puedes decirme con los ojos inyectados de desprecio que me odias y aú n así hacerme tuya a continuació n? -preguntó estú pidamente en susurros a la estancia como si esperara que esta le respondiera.

Pero el silencio fue su ú nica respuesta durante unos instantes hasta que sintió el frá gil ruido de la puerta al abrirse.

Vicenzo.

Su presencia, olor y magnetismo eran inconfundibles. Siempre lo reconocerí a sin la necesidad de verlo.


Perdiendo la capacidad de respirar y con el corazó n latié ndole con tanta fuerza que pensó que iba a salí rsele del pecho, fingió que dormí a. Conocí a su rutina: se darí a una ducha rá pida y luego se reunirí a con ella en la cama. No importaba que creyera que dormí a, la acariciarí a con suavidad y la instarí a a entregarse a é l, voluntariosa.

Mariam se tensó aú n mucho má s y permaneció inmó vil cuando percibió que Vicenzo le acariciaba el cabello y murmuraba algunas palabras ininteligibles en italiano que no llegó a comprender porque enloquecedor latir de su pecho le martilleaba los oí dos.

Cuando lo notó separarse, esperó a escuchar el golpeteo del agua al caer de


la ducha, pero para su sorpresa, lo que oyó fue el sonido de la puerta del dormitorio al abrirse y cerrarse, llevá ndose con su eco a Vicenzo.

Extrañ amente, sintié ndose abandonada, rodó sobre la cama y se hizo un ovillo para aliviar el dolor crudo que la apuñ alaba las entrañ as. Cerró los pá rpados con fuerza, y sin poder contener el impulso de llorar a lá grima viva, lloró hasta que el sueñ o la venció a altas horas de la madrugada.

 

Capí tulo 18

 

La brisa refrescante de pleno invierno mecí a las plantas y á rboles de aquel jardí n de ensueñ o que dí as atrá s, junto con toda la imponente propiedad,


Vicenzo habí a comprado a las afueras de la ciudad.

 

Y tambié n precisamente desde ese dí a, no habí an vuelto a estar… í ntimamente juntos. Tal vez algo hubiese cambiado entre ellos, o simplemente su hambre por ella ya hubiera sido saciada. Si era este ú ltimo el caso, solo era cuestió n de dí as, semanas quizá s, que la echara definitivamente de su lado.

 

—¿ Mucho mejor?

 

Mariam parpadeó. En su regazo y siempre bajo su atenta mirada, Daniel jugaba con su peluche favorito.

—¿ Có mo?

Ulises se incorporó de la tumbona en la


que llevaba holgazaneando los ú ltimos minutos y se sentó frente a su amiga, estudiá ndola.

—Que si las nauseas y la indisposició n se te han pasado.

—No se te escapa nada, eh.

—Siempre has sido una pé sima actriz. Demasiado transparente.

Ella sonrió con tristeza.

—Creo que Enzo no estarí a de acuerdo en esa afirmació n.

—Vicenzo Riccardi no es un hombre al que se le pueda engañ ar fá cilmente.

La joven lo miró y arqueó las cejas como dicié ndole: “A h, ¿ no? ¡ Pues yo le colé un embuste, ¡ y uno bien gordo ademá s! ”

—Daniel y tú fuisteis una tentadora


mentira que lo cautivó desde el primer momento en que te vio. El interé s que despertaste en ese hombre la noche que irrumpiste en su vida para confesarle que era padre de un niñ o, fue el comienzo de su ceguera. Le encandiló la idea de que el pitufo y tú fuerais suyos, de que ambos de algú n modo le pertenecierais.

—Nunca me perdonará, Ulises. — Sonaba tan alicaí da, parecí a tan apagada. Ya ni siquiera respondí a con ese ingenio que solí a arrancar muchas carcajadas—. Convertí su vida en una farsa.

É l negó con la cabeza.

—Le regalaste una vida que era evidente le gustaba. Tarde o temprano entrará en


razó n… Por lo visto, má s tarde que temprano. Es un italiano muy encopetado y terco.

—¿ Y si decide finalmente echarme de su vida? De la de mi hijo… Porque eso es lo que hará cuando se canse de acos…

— Apartó la mirada, dirigié ndola al pequeñ o que habí a encontrado en la mano de la joven un nuevo entretenimiento.

Ulises entrecerró los ojos.

—Fue esa la condició n que te impuso para que pudieras permanecer al lado de tu hijo, ¿ acostarte con é l? ¿ Ser su amante? —Hizo una pausa, parecí a buscar las apalabras-. Mariam, cuando lo haces con é l lo deseas realmente o te sientes… forzada…


—¡ No! —Negó, con los ojos abiertos de par en par-. É l… no me obliga a nada.

Ulises, yo lo quiero.

La expresió n en el rostro de su amigo era adusta y hasta le pareció ajado.

—Lo amas. No sé como lo hizo ese canalla pero has terminado enamorá ndote de é l. —Soltó entre dientes algunas blasfemias y se pasó nervioso la mano por la nuca—. Al menos dime que tomá is precauciones, nena.

—Enzo las suele tomar… —Entonces evocó lo sucedido la ú ltima vez que tuvieron relaciones, precisamente en esa vivienda. Como ese dí a, en ocasiones, demasiadas, quitá ndose solo lo meramente necesario la poseí a como un


auté ntico animal en solo unos minutos-. A veces. Suele tomarlas a veces.

—A veces… —repitió —. ¿ Me está s diciendo qué has mantenido relaciones sexuales con é l sin condó n? ¡ Mariam, por el amor de Dios, podrí as quedarte embarazada! ¡ Y eso, en el mejor de los casos!

—Enzo está totalmente sano, y con respecto a lo otro, sabes de sobra Ulises que existen muy pocas posibilidades de que pueda quedarme en estado…

Ulises apenas podí a creer lo que oí a.

—¡ Tú misma lo has dicho, existen muy pocas posibilidades, pero no es imposible! Dios, quizá s hasta lo esté s ya.

—¡ No, no lo estoy! —negó ella molesta,


avergonzada de sí misma.

Dando un suspiro de frustració n, el españ ol apoyó los codos sobre los muslos y cerró los ojos con los pulgares mientras comentaba:

—Y esas molestias que arrastras, ¿ a qué crees que pueden deberse?

La joven acarició la cabeza de su hijo y cuando el niñ o le dijo “mami”, una radiante sonrisa de mamá orgullosa iluminó su cara. Luego respiró de forma pausada, lenta.

—He llamado a la Doctora Contreras y me ha puesto en contacto con una colega suya que vive aquí, en Italia.

Ulises abrió rá pidamente los ojos. Habí a palidecido y estaba totalmente paralizado.


—Es la doctora que llevó y trato tu leucemia. Acaso… — No le salí an las palabras.

La aludida le dirigió una mirada lejana, ensimismada en sus pensamientos por unos instantes.

—Tengo algunos sí ntomas que me recuerdan bastante a los que tuve hace añ os cuando todo empezó.

Conmocionado, abrazó a su amiga. Se alejó unos centí metros para examinarla.

—Santo cielo, Mariam. ¿ Se lo has comentado a Vicenzo?

—¡ No! —negó, clavá ndole prá cticamente los dedos en el brazo a su amigo—. ¡ Y no quiero que lo sepa!

—Pero nena…

—¡ Promé tetelo Ulises! —volvió a


insistir ella—. Promé teme que no le dirá s nada de esto.

—Pero si no le dices nada y la leucemia ha vuelto… é l se acabará enterando y su enfado puede ser mayú sculo en esta ocasió n.

Sonrió amargamente.

—Ya es mayú sculo, así que eso no me preocupa.

—Mariam…

—¡ No, escú chame, Uli! —Gritó la joven desesperada. Lá grimas de impotencia se agolparon en su garganta al decir—: Sí la enfermedad se ha regenerado, ha regresado, podré marcharme de aquí teniendo la seguridad de que Daniel estará protegido. Vicenzo Riccardi será todo lo que tú quieras, pero es un buen


padre. Estoy segura que é l lo amará y cuidará cuando yo…

—Cuando te eches a morir, ¿ es eso? — Supuso, aferrá ndola por el brazo—.

¿ Tirará s cobardemente la toalla antes de ni siquiera comenzar a pelear? ¡ Esa no es la Mariam que yo conozco! ¡ Ella lucharí a! ¡ Como ya lo hizo una vez, maldita sea!

—Yo reaccioné exactamente de la misma manera hace unos meses, el verano pasado, cuando Judith, semanas antes de morir, me confesó que estaba cansada de luchar, que querí a descansar… —Apretó los labios para no llorar, solo unos segundos, hasta que pudo continuar. Y por primera vez logro entender sus palabras. Como lo fui yo


para Jud por aquel entonces, mi hijo tiene hoy en dí a y estoy convencida que para siempre, una familia que lo adora. Descendió la mirada hasta Daniel y aferro dulce y má s fuertemente su pequeñ a manita, sintiendo que se le encogí a el pecho al pensar en dejarlo, en marcharse y no volver jamá s.

Una lá grima vagó solitaria por una de sus mejillas.

Santo Dios, dame á nimo y valor para afrontar todo aquello y no desmoronarme en el intento. Dame fuerza para dejarlos marchar. A Daniel y a… Vicenzo.

Despué s de despedir a Ulises, Mariam se disponí a a subir por la gran escalera


principal, cuando su hijo, soltá ndose de su mano, corrió a dar la bienvenida a su padre.

 

—¡ Papi!

—Hola campeó n —dijo Vicenzo, tomá ndolo en brazos—. ¿ Có mo te has portado hoy? ¿ Has hecho enojar mucho a mamá?

 

Mariam se cruzó de brazos. Al menos delante de su hijo le seguí a dando su papel de madre, no el de mentirosa ni el de concubina. Todo un alivio.

 

Su relació n con Vicenzo iba de mal en peor. Si en los ú ltimos dí as ya se habí an distanciado, en las ú ltimas veinticuatro horas las cosas se habí an puesto


peliagudas. Todo porque ella le habí a dicho que querí a regresar a Españ a, por unos dí as al menos, y por supuesto, deseaba que Daniel viajara con ella.

Aquello no habí a gustado absolutamente nada al italiano, y como no, se habí a negado en redondo a que su hijo saliera de Italia.

 

El corazó n de Mariam palpitó con fuerza cuando descubrió la mirada abrasado de Vicenzo puesta en ella y un rubor de deseo encendió sus mejillas.

 

Invadida por el pá nico supo que necesitaba alejarse. Escapar de la imagen enternecedora que despertaba ese hombre con su bebé en brazos y de los efectos devastadores que operaba en


su cuerpo traidor.

 

Agarrá ndose el estó mago con una mano, respiró hondo y empezó a subir las escaleras cuando de repente un sudor frí o la petrificó.

 

A Mariam el corazó n le comenzó a latir cansado, desbocado. Sintió calor, escalofrí os. Sintió que el suelo se moví a bajo sus pies, que la visió n se le desenfocaba. Cuando creyó desfallecer, estiró un brazo y se sujetó a lo primero que su mano temblorosa alcanzó.

 

—Enzo… —musito antes de caer al suelo y perder el conocimiento.

Capí tulo 19


Aquella familiar voz…

Se estremeció, como si un lá tigo hubiera caí do sobre su espalda desnuda. Alzo la mirada con la respiració n entrecortada y observó espantada y con los ojos abiertos como platos a la recié n llegada.

—¿ Judith? —musitó —. No, no puede ser…

Vicenzo empujó a sus brazos a Judith y le estampó un apasionado beso en la boca. El dolor que la inundó ante la amorosa escena fue como un golpe fí sico en el estó mago. —Grazie amore per avermi Daniel. È meraviglioso.

—Vicenzo, no… —volvió a insistir Mariam, obligando a sus piernas inú tiles a ponerse en funcionamiento.


Solo consiguió caerse de rodillas, como un bulto viejo y olvidado.

Aturdida y como si la cordura la hubiese abandonado, igual que todas las personas parecí an abandonarla, se miró las manos temblorosas. Lá grimas cayeron sobre ellas, bañ á ndolas.

Lloraba.

La furia y los temores la estaban destruyendo lentamente por dentro. Morí a y a nadie parecí a importarle.

—No te vayas —le suplicó a Vicenzo, sin fuerzas, cuando de repente entendió que comenzaban a alejarse, felices y entre risas. Judith habí a venido para llevá rselos. La humedad que descendí a por sus mejillas era ahora mucho má s abundante—. Te quiero, Enzo. Os amo


a Daniel y a ti —dijo, apelando a que aú n pudiera oí rla.

Pero no lo hizo.

El llanto de Daniel llegó hasta sus oí dos, y sin poder hacer nada para evitarlo, la oscuridad se cernió con un espeso manto sobre ella.

Un grito desgarrador y mudo quemó la garganta de Mariam cuando entre forcejeos y sollozos, combatí a para liberarse de los ú ltimos retazos de su mal sueñ o.

—“¡ Judith, nooo! ¡ No te los lleves… te lo ruego! Daniel está llorando… traí melo… por favor, traí melo. ”

La escena habí a desaparecido ante sus ojos y la voz clara y ní tida de Vicenzo, hablando en un españ ol má s fluido que


el de la misma Mariam, la recibió y le dio la bienvenida en el mundo de los lucidos:

—Tranquilo campeó n, mamá está bien, se recuperará. —¿ Daniel? ¿ Daniel estaba allí? Los gimoteos del niñ o parecí an disminuir con cada palabra alentadora de su padre—. Mariam tiene que estar bien. shh… shh. pequeñ o.

Pronto tendremos a mamá de regreso… aunque tenga quedarle mi vida para ello. “Aunque tenga quedarle mi vida para ello…”

Tuvo ganas de llorar como una niñ a desolada.

Vicenzo no podí a estar hablando enserio, o quizá s sí. Pero poco o nada tení a que ver con el sentimiento que ella


má s habí a soñ ado despertar en é l: el del amor.

No sabí a si era el cromosoma disparejo con el que nací an los hombres en los genes, el complejo de machos alfa superdesarrollado, el exceso en los niveles de testosterona o de estupidez… o todo ello junto, pero hací a que corrieran, a dá rselas de superman y salvar a damiselas en apuros. ¡ Lo consideraban un deber, costara lo que costase!

Convulsa, y aú n sin poder abrir los ojos, se removió entre la suave superficie en la que reposaba su figura.

—Vicenzo… —Dudaba que alguien pudiera escuchar ese gemido dé bil salido de su garganta, pero al parecer,


así habí a sido.

Como si todo sucediera en apenas unos veloces segundos, la voz de Vicenzo ordenó a alguien que sacara de la estancia a su hijo.

Dios, no querí a que su pequeñ o la viera en ese estado tan lamentable de nervios, pero despué s de la pesadilla que acaba de tener le aterraba la simple idea de que se lo llevaran y no lo volviera a ver nunca má s.

Las largas y mojadas pestañ as de Mariam por fin se alzaron. Como una criatura rota, desvalida, se levantó como pudo, lo suficiente para quedar sentada sobre la cama.

—Mi bebé, Vicenzo —exclamó, llorando—. Adó nde se llevan a mi bebé.


Rá pidamente, sintió como unos fé rreos y protectores brazos la envolvieron y arrullaban.

—Shh… tranquila pequeñ a, estoy aquí contigo. Le he pedido a Beatrice que lo llevara a su habitació n. Has tenido una pesadilla y debes reponerte primero. No permitiré que te pase nada, ¿ entendido? Era la voz murmurante y serena del hombre, que la habí a hecho suya siempre con la misma fuerte pasió n con la que la odiaba, quié n la guiaba y confortaba.

No podí a creerlo.

Pero lo creyese o no, en esos momentos lo necesita.

Y era lo ú nico que importaba. Ella apretó los pá rpados y estrangulando en


un puñ o la tela de su camiseta de vestir, se estrechó má s fuertemente contra el cuerpo que le permití a no despeñ arse entre los abismos de sus delirios y pecados.

—Me-me obligó a afrontar sus guerras y a permanecer con… con los brazos cruzados mientras ella se dejaba morir. Mientras el cá ncer ganaba la batalla — le confesó sollozando a Vicenzo, enterrando la cara entre el cuello y hombro, y comprendiendo por primera vez lo egoí sta que habí a sido Judith en sus decisiones—. No-no pude hacer nada y…

—Ya basta cariñ o, tú no podí as hacer nada —murmuró é l, colocá ndole la mano en torno la nuca y sujetá ndola con


firmeza y suavidad a la vez—. Era tu mejor amiga y la querí as.

—No, no lo entiendes. —Ella sacudió la cabeza, hipando. Se sentí a mortificada, el sudor le cubrí a la frente y la culpabilidad le corrí a como lava lí quida por las venas—. Tal vez si hubiese tenido la preocupació n de que… de que Daniel se hubiera quedado solo por el mundo si faltaba ella, habrí a peleado con la enfermedad. Pero… pero…

—Estabas tú. —Asimiló é l, rozá ndole el cuello con su cá lido aliento al inclinar la cabeza sobre la de ella—. Siempre has estado tú para mi hijo. —Y despué s de una pausa expresó en voz baja y con pesar—: Debiste contá rmelo todo desde un principio, Mariam.


Con el corazó n latié ndole a toda velocidad y con las lá grimas fluyé ndole, tan dolorosas como espinas, Mariam se apartó solo lo necesario, negá ndose a romper el contacto fí sico con é l, y gimoteó:

—Enzo… lo siento. —Desesperada, aferró una de sus enormes manos. É l la apretó con calidez—. Nunca fue mi intenció n lastimarte. Tienes que creerme.

É l retiró su mano de la ella. Parecí a sú bitamente incó modo.

—Eso ya no importa.

La joven se puso rí gida a causa de la repentina reacció n del italiano. El Vicenzo atento y amable que la abrazaba con ternura hacia escasos segundos se


habí a esfumado, dejando paso a un hombre que la escrutaba con gesto hosco de arriba abajo.

De improvisto, fue consciente hacia donde miraban los ojos del italiano. Parpadeando nerviosa, miró hacia abajo y descubrió que los pezones de sus senos desabrigados estaban erectos y apuntaban hacia é l, tentadores. Tambié n ahogó un jadeo al darse cuenta, de que salvo las braguitas de color blanco, no llevaba puesto absolutamente nada má s. Las mejillas le ardieron mientras se cubrí a los pechos con las sá banas.

—Te quité la ropa para que pudieras estar má s có moda — explicó Vicenzo, como si leyera sus pensamientos.

—¿ Dó nde estoy? —preguntó, tratando


de cambiar de tema y reparando en lo desconocido que le resultaba aquella habitació n.

—En mi dormitorio. Te desmayaste y te traje hasta aquí.

La joven frunció el ceñ o.

—Pero eso sucedió por la tarde, y es…

—Echó una rá pida mirada al enorme ventanal de la habitació n y examinó la negrura que se vislumbraba en el exterior—… de noche —supuso, sorprendida.

—Má s de medianoche —afirmó é l. Un electrizante silencio los envolvió. Por un momento sus miradas se encontraron en medio de aquella luz amortiguada y parecieron confesarse

todas aquellas cosas que sus bocas no se


atreví an a pronunciar.

É l volvió a resbalar la mirada por las curvas que a esas alturas debí a conocer de memoria y que se ocultaban tras las sá banas, y Mariam sintió la misma flojera, como si cayera libremente por el espacio, que la invadí a siempre que ese hombre la miraba de esa forma tan famé lica y libidinosa.

Aturdida, estudió la imagen varonil que tení a delante, sentada en su cama. Tení a el cabello revuelto y una barba incipiente. Aú n vestí a la ropa con la que recordaba haberlo visto esa tarde antes de desmayarse… bueno, o parte de ella, ya que ahora solo llevaba puestos los pantalones de diseñ o y cayendo suelta y con las mangas recogidas hasta los


codos, la camisa color marfil de botones.

Santo cielo, estaba irresistible, muy guapo.

Mariam se humedeció los labios cuando lo vio acortar distancia entre ellos.

Estaba temblando, dividida entre sus miedos y el ardiente deseo que la atravesaba.

—Enzo…

É l puso un dedo en sus labios.

—Shhh… no má s juicios y temores por esta noche, Mariam, solo dé jame consolarte. Hagamos de esta tu primera vez. Nuestra primera vez juntos— Ahuecando una mano en la parte posterior de su cabeza, Vicenzo empujó su rostro contra el de é l y sus alientos se


entremezclaron—. Nunca debí tomarte en mis brazos con el veneno de la rabia e impotencia corrié ndome por las venas, como un animal herido —La punta de su lengua lamió los labios de la joven—.

Ojalá algú n dí a, al menos tú, puedas perdonarme porque yo jamá s me lo perdonaré. —masculló entre dientes instantes antes de finalmente besarla. Su cuerpo musculoso, fuerte, la aplastó contra la suavidad del colchó n. Ella cerró los ojos cuando la boca insistente de Vicenzo instaba a la suya a recibirlo mucho má s. Apretó las manos contra su pecho y se preparó para empujarlo y gritarle que se fuera, pero avergonzada, comprendió que no querí a hacerlo. Solo anhelaba alcanzar por unas horas la


felicidad que se le escapaba de las manos cada mañ ana. Cuando tení a que enfrentarse un dí a má s a la cruda realidad de sus actos.

En un tiempo records, Vicenzo se desnudó primero y luego le quitó a ella la braguita. La abrazó mantenié ndola pegado a é l mientras sentí a el alocado palpitar del corazó n de Mariam.

Comenzó a trazar un camino a lo largo de su cuerpo, hacié ndole el amor con manos y boca, detenié ndose mucho má s en sus pechos para succionarlos y lamerlos y má s tarde en el montí culo de sus muslos. La fragancia dulce y almizclada que despedí a estuvo a punto de hacerle perder el control.

Le separó suavemente los labios de su


feminidad e introdujo un largo dedo entre ellos.

—Vicenzo, por favor… —Mariam sollozaba ladeando la cabeza de un lado a otro por la exquisita agoní a y agitaba las caderas para sentirlo má s enterrado

—. Tó mame por completo. Qui-quiero tenerte dentro.

—Todaví a no, cariñ o. Solo un poco má s.

É l añ adió un segundo dedo. Minutos despué s reemplazó los dedos con su boca y lengua dejando a la joven sin respiració n.

Continuó llevando con sus manos y boca el cuerpo de Mariam a la locura, hasta que ella empezó a suplicarle que parara.

—Por favor, Enzo… no lo soporto má s.


—Ella no podí a estarse quieta, su cuerpo era esclavo del deseo.



  

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