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Libros Tauro 23 страница



—El problema es tuyo, Zoe —le advierte é l, con una dureza que ella no alcanza a entender—. O abortas, que serí a lo mejor, o tienes el bebé por tu cuenta y no le dices a nadie que yo podrí a ser el papá. Ya es problema tuyo si convences a Ignacio de que é l es el papá o si lo tienes sola, pero no cuentes conmigo.

—Lo tengo claro, no me lo tienes que decir una vez má s. Zoe se dirige hacia la puerta. Quiere irse de allí cuanto antes.

—Algo má s —la interrumpe Gonzalo, y ella se detiene y lo mira a los ojos con menos rabia que lá stima.

—¿ Qué? —pregunta, asombrada de haberse enamorado de ese hombre que ahora le parece un extrañ o, un perfecto hijo de puta.

—Hagas lo que hagas, no quiero verte má s.

Zoe respira hondo, evita decir un exabrupto, piensa bien sus palabras:

—¿ Está s seguro, Gonzalo?

—Completamente seguro —dice é l—. Has convertido mi vida en una pesadilla. Quiero que desaparezcas de ella.

Zoe se estremece cuando escucha esas palabras y por un instante cree que se va a desmayar.

—Buena suerte con el bebé. Buena suerte con tu vida. Te ruego, por favor, que te olvides de mí.

—Eso haré, Gonzalo.

—Y si tienes al bebé, yo no soy el padre, nunca nos hemos acostado, ¿ está claro?

—Clarí simo.

Zoe camina hacia la puerta. En pijama, al lado de la ventana, Gonzalo habla:

—¿ Qué vas a hacer?

—No lo sé —voltea ella, y lo mira con desprecio.

—¿ Vas a decir que yo soy el padre?

—No —responde ella, con una firmeza que la sorprende y de la que luego, en el taxi, se sentirá orgullosa—. No diré nunca que tú eres el padre. Me darí a vergü enza que mi hijo supiera que tiene un padre tan cobarde como tú.

Zoe alcanza a ver el rostro pá lido y demudado de Gonzalo antes de salir y tirar la puerta. En el asiento trasero del taxi, de regreso al hotel, se inclina y llora sobre su barriga. Tú me vas a salvar, le habla despacito a su bebé.

 

Ignacio se rí e solo de la travesura que ha concebido para cobrarse una pequeñ a revancha y poner en aprietos a las dos personas que, de un modo tan ingrato, han capturado su imaginació n. Desde que encontró el celular de Zoe al fondo de la piscina, supo lo que tení a que hacer. Ahora ha entregado dos sobres a su secretaria, que será n llevados inmediatamente por un mensajero en motocicleta, pues ha dado instrucciones de que procedan a llevarlos con urgencia. Reclinado sobre su silló n giratorio de cuero, las manos entrelazadas detrá s de la cabeza, Ignacio mira desde aquel piso elevado el perfil de la ciudad y sonrí e imaginando las caras de pasmo e incredulidad que seguramente pondrá n esas personas cuando reciban los sobres. Media hora má s tarde, un botones toca la puerta de la habitació n de Zoe. Ella demora un poco en abrir, pues estaba hablando por telé fono. Al recibir el sobre, reconoce en seguida la letra de su esposo. Nerviosa, agradece, cierra la puerta, se sienta en la cama y se apresura en abrirlo. Que no sea nada malo, por favor, piensa, sobá ndose la barriga con miedo. No me hagas dañ o, Ignacio, suplica, las manos temblorosas. Se sorprende al hallar, dentro del sobre, un telé fono celular. No es el suyo, el que arrojó a la piscina: es un modelo má s moderno, pequeñ o y liviano, que acaba de salir a la venta y ha visto anunciado esa misma mañ ana en televisió n. Luego lee la nota que le ha escrito su marido en una tarjeta que lleva el nombre impreso de é l:

 

Mi querida Zoe:

Aquí va un celular nuevo. Encontré el tuyo en la piscina, supongo que se te cayó sin que te dieras cuenta. Este modelo es má s có modo y mejor. Espero que te guste. El nú mero sigue siendo el mismo que el del celular que encontré en la piscina. Me imagino que así es mejor para ti. He grabado dos nú meros en la memoria: si quieres hablar con el nuevo celular de Gonzalo, só lo tienes que marcar el uno; si quieres hablar conmigo, marcas el dos. Yo habrí a preferido ser el nú mero uno, pero, hey, no siempre se puede ganar en la vida. Ya sabes cuá nto te quiero y extrañ o. Si en algú n momento tienes ganas de verme o me necesitas, marcas el dos y estoy a tus ó rdenes. Te mando un beso con todo mi cariñ o,

IGNACIO

PD: Saludos a Gonzalo.

 

Cuando termina de leer la nota, Zoe desahoga la tensió n soltando una risotada nerviosa. No se lo puede creer: ademá s de estar al tanto de todo, Ignacio parece encantado de que ella tenga una relació n í ntima con Gonzalo, pues la anima a comunicarse con é l. Sale al balcó n. A lo lejos, en el corazó n financiero de la ciudad, puede ver el rascacielos donde Ignacio tiene sus oficinas. Lo imagina sereno, incluso contento, y eso la deprime. No me quiere, piensa. Nunca me quiso. ¿ Có mo puede mandarme este regalo? ¿ Có mo puede estar contento? Si me quisiera, estarí a acá tocá ndome la puerta, buscando a Gonzalo para romperle la cara. Pero no: Ignacio es un misterio. En lugar de molestarse, me regala un celular nuevo para que me pueda comunicar má s fá cilmente con su hermano, sabiendo que lo hemos traicionado. Zoe se siente humillada. Una vez má s, cree que Ignacio le ha ganado la partida gracias a su astucia y su frialdad. Estoy perdida, piensa. Ignacio está rié ndose en el piso má s alto de ese edificio y yo no sé si tener a este bebé o saltar del balcó n.

Diez minutos má s tarde, Gonzalo recibe, de manos del mensajero, un sobre blanco con el logotipo del banco de su familia. Piensa que debe de ser alguna correspondencia del banco: las memorias del ejercicio anterior, una invitació n para algú n evento, papeles que quizá s debe firmar en su condició n de director. No tarda en descubrir cuá n equivocado puede estar: encuentra un celular nuevo y la nota que le ha escrito su hermano. Lee de prisa, el corazó n acelerado:

 

Mi querido Gonzalo:

Te regalo este celular. Es un juguete divertido. Ú salo y verá s que te gustará. Todas las llamadas te las pagaré yo acá en el banco. Si quieres hablar con Zoe, marcas el nú mero uno y ella te contestará desde su nuevo celular, que es idé ntico al tuyo. Si quieres hablar conmigo, marcas el nú mero dos. ¿ No te parece genial? Así podemos estar comunicados los tres. Sé que no te gustan los celulares, pero te aseguro que este juguete te va a encantar. Prué balo y me dará s la razó n. Muchos cariñ os a Zoe y un abrazo para ti de tu hermano que te quiere,

IGNACIO

 

Nada má s leer la nota, marca el nú mero uno. Al primer timbre, contesta Zoe y Gonzalo, asustado, cuelga. No se atreve a marcar el dos. Estoy jodido, piensa. Ahora sí, Ignacio se ha enterado de todo y, por lo visto, está muy contento. Siempre pensé que no querí a a su mujer, pero no imaginé que nos harí a regalos por traicionarlo y que nos pagarí a las llamadas para que nos hablemos todo el dí a por el celular. Mi hermano es un peligro. Nunca podré igualarlo. Aunque me duela, es superior a mí, mejor que yo. Siempre se las ingenia para caer parado, salir ganando y sonreí r. Yo pensé que si me tiraba a su esposa me vengarí a de é l, pero ahora resulta que le hice el favor de su vida. Eres un grandí simo hijo de puta, Ignacio, pero te admiro porque tienes una cabeza mejor que la mí a. Gonzalo deja el celular sobre la mesa y se siente abatido.

 

A unos kiló metros de allí, en la asé ptica soledad de su oficina, Ignacio lo imagina exactamente así, derrotado y confundido, y se permite sonreí r por eso.

 

Tengo que abortar, piensa Zoe. No puedo tener este bebé. Serí a una locura. No podré decirle quié n es su padre. Sabrá algú n dí a que es el fruto de una pasió n vergonzosa. No tendrá padre. Yo no podré decí rselo a los ojos. No es justo traer al mundo una vida así. Ya es muy jodido vivir en esta jungla: tiene que ser insoportablemente jodido llegar con esta desventaja, sin saber quié n es tu padre, sabiendo que, quienquiera que sea, no le interesa quererte. No es un acto de amor darle vida a este bebé: serí a un acto de crueldad. No merece sufrir tanto. Y es seguro que sufrirá. Aunque yo le dé todo mi amor y sea una madre dedicada, Ignacio se encargará de vengarse lenta y pacientemente, estoy segura de eso, y mi bebé sufrirá las consecuencias. Siempre soñ é con tener hijos, pero no así. No puedo arrancarle un hijo a Gonzalo contra su voluntad, sabiendo ademá s que é l me odiará por eso el resto de sus dí as. No puedo exponer a mi hijo a todas las maldades y venganzas que caerá n sobre é l por ser un hijo que llegó en el momento equivocado, con el hombre equivocado. Yo cometí un error, no mi bebé, y no quiero que é l pague por mí. Si quiero cuidarlo, protegerlo, asegurarme de que no sufra y viva entre á ngeles, debo abortar. ¿ Qué pasarí a si, sola contra el mundo, tengo al bebé y muero unos añ os despué s? ¿ En manos de quié n quedarí a? ¿ Qué clase de vida le esperarí a? ¿ Estarí an mis padres dispuestos a cuidarlo? Tendrí a para eso que contarles toda la verdad, y no voy a poder: no tengo cara para decirles que me he estado acostando con mi cuñ ado y que voy a tener un hijo con é l, un hijo que é l rechaza, un hijo que no reconocerá como suyo. No puedo, por eso, contar con mis padres. Si decidiera tener al bebé, tendrí a que hacerlo sola. Ni siquiera podrí a pedir ayuda a mis mejores amigas, porque ellas son tambié n amigas de Ignacio, lo quieren, está n casadas con amigos suyos, y no me perdonarí an, estoy segura, la traició n de haberme acostado con Gonzalo, y ademá s esparcirí an el chisme por toda la ciudad, y tarde o temprano mi hijo se enterarí a de que su padre es Gonzalo, porque todo el mundo acabarí a por saberlo, y los niñ os pueden ser crueles, alguien se lo dirí a en la escuela, y mi hijo sufrirí a por eso, por saberse negado, y yo no quiero que sufra. Prefiero sufrir yo misma. No me nace abortar, sé que me haré una herida terrible, no sé si podré recuperarme de ella, pero prefiero sufrir yo, aunque ese sufrimiento acabe con mi vida, que hacer sufrir má s tarde a mi hijo. Ademá s, me da pá nico Ignacio. Lo conozco. Es un hombre fuerte, que hace lo que sea necesario para ganar sus batallas, y estoy segura de que no me perdonarí a nunca si tuviera a este hijo. Tampoco me perdonará por haberme acostado con Gonzalo, pero todo serí a mucho peor si tuviese al bebé. Abortar serí a, a sus ojos, una manera de arrepentirme, de eliminar toda presencia de Gonzalo en mi vida, todo vestigio de esa pasió n. Por eso tambié n debo abortar, porque no quiero traer al mundo a una persona que nacerá con un enemigo: Ignacio, el hombre má s poderoso de la ciudad. Abortaré porque te amo, mi bebé. Abortaré para saber que está s bien, en un lugar má s tranquilo y seguro, acompañ ado de á ngeles. Abortaré para que no sufras tú, aunque el sufrimiento de perderte acabe conmigo.

 

Zoe no ha desayunado. Debe acudir en ayunas a la clí nica privada donde ha hecho una cita para abortar muy temprano por la mañ ana. Se siente dé bil, mareada. Quisiera morir esa mañ ana, morir con su bebé. Quisiera tener coraje para suicidarse, pero sabe que no podrí a. Mira su reloj, cuenta los minutos, se angustia por su bebé, a quien siente que ha condenado a muerte. Esa angustia no la ha dejado dormir tranquila. Ha soñ ado cosas horribles, despertá ndose sobresaltada, sudorosa, dando gritos. Recuerda dos imá genes atroces, dos pesadillas de las que despertó llorando: una bandada de cuervos, parados sobre su barriga, abrié ndole a picotazos el vientre, comié ndose a su bebé, sacá ndole los ojos y las tripas; y un niñ o precioso, de cabellos rubios y ojos claros, vestido í ntegramente de blanco, hacié ndole adió s, llorando, tristí simo pero resignado a su suerte, tomado de la mano por un hombre de cara malvada que se lo llevaba lejos, sin que ella pudiese evitarlo, sin que supiese si algú n dí a volverí a a ver a ese niñ o que se marchaba, su hijo perdido. Zoe ha pasado una de las peores noches de su vida y ahora sabe que le aguarda la mañ ana má s cruel, una mañ ana que querrá olvidar el resto de sus dí as y seguramente no podrá, porque la vergü enza y el dolor quedará n grabados para siempre en su corazó n. No puedo creer lo que estoy haciendo, piensa, camino a la clí nica, conduciendo como una autó mata. Tantos añ os que he soñ ado con tener un hijo, y ahora que lo tengo aquí adentro, me lo voy a sacar, lo voy a tirar a un pomo con á cidos, lo voy a matar. Zoe llora en silencio y siente que no es justo que la vida se ensañ e tan cruelmente con ella só lo por haber querido buscar el amor.

En la puerta de la clí nica, un puñ ado de personas, gritando consignas contra el aborto y mostrando pancartas en las que afirman que es un asesinato y los mé dicos que lo practican, unos genocidas, intenta cerrarle el paso e impedir que pueda entrar, pero la policí a reprime con mesura a los manifestantes, mantenié ndolos a prudente distancia, y Zoe, asustada, mirando las caras virulentas de aquellos hombres y mujeres que la insultan, se da prisa e ingresa a esa clí nica privada donde la ley permite abortar en los primeros meses del embarazo. Todaví a puede escuchar los improperios que le han gritado esos individuos crispados, que, sin conocerla, sin entender su drama personal, la han mirado con odio, con infinito desprecio, sin un á pice de compasió n, al tiempo que le espetaban: «¡ Asesina, cobarde, mala madre, miserable, te pudrirá s en el infierno! »

Ahora Zoe, tras ser recibida por el mé dico que la atenderá, un hombre algo mayor, de anteojos y mirada serena, tiembla de miedo al ver la camilla en la que deberá tenderse y abrir las piernas, los instrumentos metá licos que será n usados para extirparle a su bebé, el lugar donde se despedirá para siempre de esa vida que, siendo suya, siente que no le pertenece y a la que no es justo imponer un futuro tan incierto y cruel.

 

—¿ Está segura de que quiere abortar? —le pregunta, con aplomo, el mé dico.

Ella lo mira a los ojos, como si buscase ayuda, como si tuviera la esperanza de que é l le dé un abrazo y la disuada de hacer eso que le provoca tanto dolor, pero encuentra una mirada ausente.

—Sí —contesta, resignada.

—Firme estos papeles, por favor.

Zoe no lee nada y firma.

—Recué stese, por favor —dice el mé dico—. La dormiremos para que no sienta ningú n dolor. No se preocupe, todo saldrá bien.

Zoe se echa en la camilla, cierra los ojos, acaricia su barriga, imagina a su bebé, lo imagina como lo vio en la pesadilla, rubio y bellí simo, rubio y aterrado, a punto de partir con un hombre de mirada pé rfida, y se pregunta, una ú ltima vez, si realmente será capaz de cortar esa vida que es una promesa, una promesa de amor. Perdó name, mi bebé, por hacerte esto, piensa, desesperada. Lo hago por tu bien. Lo hago para salvarte de tanto odio, tanta maldad que caerá n sobre ti. Lo hago porque te adoro. Perdó name. Te prometo que ya pronto estaremos juntos en un lugar seguro donde podremos ser felices. Te amo, mi bebé. Por eso te dejaré ir.

—Suba las piernas, por favor.

La voz del doctor le recuerda la inminencia de unos hechos que ella ha decidido, los ú ltimos instantes de esa maternidad que no buscó y ahora, apesadumbrada, permitirá interrumpir. Zoe sube las piernas, apoyá ndolas sobre unos parantes de fierro acolchados, y espera el momento del que, está segura, se arrepentirá. Pero algo en ella, una corazonada agó nica, la detiene: abre los ojos, ve al doctor con la jeringuilla de anestesia que le va a inyectar, siente que le está n por arrebatarle a ese bebé que es suyo y de nadie má s, y, sin buscar razones, siguiendo un instinto poderoso, baja las piernas, se pone de pie y dice:

—No voy a abortar.

El mé dico, sorprendido, pregunta:

—¿ Está segura?

Esta vez, Zoe no duda:

—Sí —responde—. Absolutamente.

—Comprendo, señ ora. Como usted quiera. Si tiene dudas, tó mese su tiempo.

Zoe se viste tan rá pido como puede, paga el aborto que no se practicó, sale de la clí nica y escucha los insultos de los manifestantes:

—¡ Asesina, asesina! —le gritan.

Zoe los mira con una enorme paz interior y sonrí e. Sonrí e porque sabe que ha hecho lo correcto, algo de lo que no se arrepentirá jamá s. Mi cabeza me pide abortar, pero mi corazó n me exige tener al bebé, piensa. Seguiré a mi corazó n. Todos los dí as de mi vida que lo vea sonreí r, sabré que hice lo correcto. Está s conmigo, mi bebé. Tranquilo, ya pasó el susto. No te voy a dejar ir. Te amo para siempre.

De regreso al hotel, Zoe se siente orgullosa de sí misma. Es como si, al negarse a abortar, hubiese renacido ella tambié n.

 

Zoe sabe bien lo que tiene que hacer y por eso no vacila en hacerlo: nada má s entrar en su habitació n del hotel, coge el celular que le ha regalado Ignacio y marca el nú mero dos. Aunque siente miedo, está segura de que, una vez má s, está haciendo lo correcto.

Ignacio se sorprende de que suene el celular nuevo, cuyo nú mero só lo ha grabado en la memoria de los telé fonos mó viles que ha obsequiado a Zoe y a Gonzalo. Mira la pantalla. Dice Zoe. Sonrí e. No fue una mala idea invitarla a jugar este juego, piensa.

—¿ Qué haces despierta tan temprano? —contesta con una voz muy cariñ osa.

—Hola, Ignacio —dice ella, má s seria, al parecer sorprendida de que é l supiera que era ella quien llamaba—. ¿ Puedes hablar?

—Claro, por supuesto. ¿ No está lindo el dí a?

—Precioso —se alegra ella de sentirlo contento—. Salí a dar un paseo muy temprano.

—¿ No duermes bien en el hotel?

—La verdad, no muy bien.

Ignacio piensa decirle: ya sabes que puedes volver a la casa cuando quieras. Pero se contiene. No lo dice porque, en el fondo, tampoco desea que ella regrese. Por el momento, está contento así, a solas, libre, sin las tensiones tan desagradables de los ú ltimos dí as que pasó con Zoe en la casa.

—¿ Te gustó el celular? ¿ No está lindo?

—Sí, llamo para agradecerte. Me encantó. Es un lindo gesto de tu parte.

—Nada qué agradecerme, Zoe. Ya sabes cuá nto te quiero. Yo só lo quiere que seas feliz.

Se hace un silencio. Ignacio espera. Zoe habla por fin:

—¿ Ignacio?

—¿ Sí?

—Quiero verte. Necesito hablar contigo.

—Encantado. ¿ Cuá ndo?

—Ahora mismo.

—¿ Es urgente?

—Sí.

—Voy para allá.

—Gracias. Te espero. Habitació n setecientos trece.

—Ya lo sé. ¿ Pero está todo bien?

—Sí, tranquilo. Só lo que necesito hablar contigo, y cuanto antes, mejor.

—En quince minutos estoy allá. Pí deme un jugo de naranja. Está s sola, ¿ no?

—Obviamente —responde ella, algo disgustada por la pregunta.

—Mejor así. Voy para allá.

—Te espero.

Zoe cuelga el celular y piensa: ¿ me voy a atrever a decí rselo?

Ignacio se pone el saco y piensa: este juego lo voy a ganar yo, Gonzalo. Está s perdido. Puede que Zoe te quiera má s a ti, pero me necesita má s a mí. Yo la conozco mejor. Conozco bien sus debilidades. Ya verá s como, al final, se queda conmigo.

 

Impecablemente vestido con un traje azul, camisa blanca, corbata a rayas y zapatos negros de hebilla, Ignacio toca la puerta de la habitació n en la que está seguro de que su mujer lo ha traicionado numerosas veces, haciendo el amor con su hermano. Al otro lado de la puerta, Zoe espera con impaciencia, mordié ndose las uñ as. Viste unos vaqueros ajustados, botas de cuero y una blusa ceñ ida. La habitació n luce bastante desordenada —la cama revuelta, un par de toallas en el piso del bañ o, ropa tirada sobre una silla, perió dicos dispersos en la alfombra—, pero huele bien porque ella acaba de perfumarse y echar al aire gotas de esa fragancia exquisita; las ventanas abiertas dejan oí r el bullicio del trá fico ahí abajo y el sol resplandece con fuerza a esa hora de la mañ ana en que ella está a punto de cambiar su vida de una manera irreversible.

—Hola —dice, al abrir la puerta, y le da un beso en la mejilla, y se siente rara al besar a ese hombre del que estaba harta y al que ahora recibe con alegrí a—. Pasa. Gracias por venir tan rá pido.

—Hueles delicioso —dice é l, echando un vistazo a la habitació n, mirando las sá banas revueltas, pensando: acá han tirado como conejos este par de canallas.

—Gracias —dice ella, sonriendo—. Perdona que todo esté tan desordenado.

—No pasa nada —sonrí e é l, con cierta arrogancia—. Así es el amor, caó tico, desordenado.

Ella prefiere no darse por aludida y le da el jugo de naranja que han traí do para é l hace unos minutos.

—Te ves muy bien. Está s guapí sima, como siempre.

—Qué dices —sonrí e ella—. Me veo fatal. Tengo unas ojeras de terror. Estos ú ltimos dí as siento que he envejecido añ os.

—No me digas —se sorprende é l, y bebe un sorbo de jugo, y en seguida se sienta en el silló n, cruzando las piernas—. Yo pensé que la estabas pasando estupendamente.

—No tan bien como crees —dice ella, y se sienta sobre la cama, frente a é l, y como el sol le da en la cara, se pone sus anteojos oscuros.

—Para mí fue muy duro cuando te fuiste, pero ya estoy má s tranquilo —dice é l, mirá ndose las uñ as, algo que a ella le irrita, pues suele pensar: cuando me hables, Ignacio, mí rame a mí, no te mires las jodidas uñ as.

—¿ Está s molesto conmigo?

—No, para nada. Estoy un poco apenado, no te voy a mentir. Pero te entiendo. Por eso estoy acá.

Entiendo que necesitaras unas vacaciones de mí, que tuvieras ganas de tirar con otro hombre, pero nunca entenderé que fueras tan puta de acostarte con mi hermano, piensa é l. Sonrí e dulcemente, sin embargo, y añ ade:

—Tú sabes que, hagas lo que hagas, yo siempre te voy a querer. Mi amor por ti es incondicional, Zoe.

—No digas eso —se emociona ella, y se pone de pie y camina hacia la ventana, dá ndole la espalda—. No lo merezco. No merezco que me quieras, despué s de lo que te he hecho.

—Quizá s deberí a odiarte, pero no puedo. Estoy tranquilo, Zoe. Estoy bien. Estoy disfrutando de mi soledad. Y no quiero ser rencoroso o vengativo. Quiero ser tu amigo y darte todo el cariñ o que pueda. Por eso estoy acá. Dime en qué te puedo ayudar.

Soy un maestro, piensa é l. Le digo exactamente lo que ella necesita oí r.

—Estoy mal, Ignacio. Estoy desesperada.

Zoe habla de espaldas a é l. Trata de no llorar. Se pregunta si será capaz de decí rselo todo, sin mentiras ni ambigü edades.

—¿ Por qué? ¿ Qué te pasa?

Ya la dejó el cabró n de mi hermano, piensa, reprimiendo una sonrisa cí nica. Ya se la tiró, ya se hartó de ella y ya la mandó a la mierda. Y esta tontita pensó que era el gran amor de su vida y ahora quiere tirarse por el balcó n.

No voy a ser capaz de decí rselo, piensa ella.

—Tengo que confesarte algo y me da pá nico.

—No tengas miedo, Zoe. Confí a mí. Yo te quiero, hagas lo que hagas.

—Es que me da tanta vergü enza decí rtelo, Ignacio.

—No me lo tienes que decir. Ya lo sé. Por eso te mandé las flores. Por eso les mandé los celulares. Sé perfectamente lo que está pasando entre tú y Gonzalo.

Ignacio trata de hablar con la voz má s dulce y sosegada que es capaz de articular, para que no parezca ni remotamente que está celoso y ella se sienta en confianza de contá rselo todo.

—Entre Gonzalo y yo no está pasando nada —dice ella, con amargura.

Está despechada, eso es todo, piensa é l. Qué osadí a llamarme porque é l la abandonó y ahora no resiste estar sola. Pero debo ser frí o y seguir el juego.

—Pero está s enamorada de é l.

—No.

—No me mientas, Zoe.

—No te miento. No estoy enamorada de é l. No quiero verlo má s.

Có mo pudiste acostarte con mi hermano, grandí sima puta, tiene ganas de gritarle, pero se calla, se reprime, ahoga la furia creciente y juega el papel de hombre maduro en pleno control de sus emociones.

—Está s enamorada de Gonzalo, Zoe. No lo niegues. Es obvio. Yo estoy al tanto de todo. No tienes que mentirme.

—No te estoy mintiendo —ahora ella vuelve a sentarse en la cama, cruza las piernas y lo mira a los ojos.

—¿ Cuá l es el problema? —se enfada un poco é l—. ¿ Gonzalo ya se aburrió de ti y te sientes sola y por eso me has llamado?

En seguida se arrepiente de haberle hablado con cierta dureza.

—El problema no es Gonzalo —baja ella la mirada—. Olví date de Gonzalo.

—¿ Me vas a decir que tú y é l no son amantes?

—No —dice ella, y en esos ojos hay la sú plica desgarrada de que no siga hacié ndole esa clase de preguntas, que só lo reabren las heridas—. No somos amantes. Estoy sola.

—Está s sola porque te ha dejado. Está s sola pero lo extrañ as. Dime la verdad, Zoe. Puedes confiar en mí. Si quieres que te ayude, tienes que contarme las cosas como son.

Ahora Ignacio habla con una voz có mplice y por eso ella se siente má s segura y dice:

—Tengo que contarte algo, pero no puedo, no me atrevo.

—Dime.

—Promé teme que no te vas a molestar.

Y ahora qué me va a decir esta sinvergü enza, se pregunta é l, asustado.

—Te prometo. Digas lo que digas, no me voy a molestar y te voy a seguir queriendo.

—¿ Me lo prometes, Ignacio?

—Te lo juro.

Ahora me lo dirá: estoy enamorada de Gonzalo, quiero irme a vivir con é l, quiero casarme con é l. Si me dice eso, le daré un abrazo, me alegraré por ellos y disfrutaré de mi soledad como la estoy disfrutando ahora.

Zoe no se atreve a decí rselo mirá ndolo a los ojos. Se levanta, camina, mira hacia la ciudad iluminada por el sol esplendoroso del mediodí a y trata de decí rselo pero no puede, el miedo la frena.

—¿ Qué? —insiste é l, impaciente.

Por fin, ella quiebra el silencio con unas palabras que nunca imaginó dirí a con tanta tristeza:

—Estoy embarazada, Ignacio.

—¿ Qué has dicho? —reacciona é l, con incredulidad. Ella voltea, lo mira a los ojos y rompe en llanto:



  

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