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RAVELSTEIN 17 страница



A medida que el sol iba bajando, los cuervos hací an sonar sus bocinas. Trasplantados a la ciudad, eran urbanos. Un poeta francé s los habí a llamado les corbeaux delicieux, pero..., ¿ cuá l? Creo que ni siquiera Ravelstein lo habrí a sabido. Mi cerebro ya no conseguí a darse alcance. Pese a todo, yo estaba convencido de que las almohadas y el edredó n me salvarí an.

Rosamund se habí a puesto en contacto telefó nico con su padre en la zona norte de Nueva York.

—Busca la persona má s influyente que conozcas —le dijo su padre— y pí dele que te ayude.

Rosamund tuvo la suerte de encontrar en mi agenda el nú mero de telé fono particular del doctor Starling, que habí a sido quien nos habí a llevado a Boston. Cuando Rosamund le contó lo que ocurrí a, el doctor Starling dijo:

—Dentro de diez minutos la llamará Andras, el director del hospital. Mantenga despejada la lí nea.

Al poco rato el doctor Andras, un señ or muy anciano, sometí a a Rosamund a interrogatorio para informarse de mis sí ntomas; seguidamente le dijo que enviaba una ambulancia a recogerme. Rosamund le previno de que, en el Caribe, yo me habí a negado a subir a una ambulancia. El mé dico quiso hablar conmigo al respecto. Le dije que me encontraba bien donde estaba, en mi cama, pero que para complacer a mi esposa accederí a a que me vieran los mé dicos. De todos modos, me negaba de plano a que me llevaran en camilla. Pacté la estú pida negociació n de ir de pasajero.

—¡ Hecho! —exclamó el doctor Andras—. Lo queremos aquí inmediatamente.

Así pues, sentado al lado del conductor, fui trasladado en ambulancia, con rotaciones de luces y lamentos de sirenas, al departamento de urgencias del hospital. Allí me pusieron en una camilla de ruedas y, en un rincó n retirado, me sometí al examen de varios mé dicos. No tengo un conocimiento coherente de lo que ocurrió despué s. Lo que recuerdo sobre todo es que me aplicaron oxí geno en seguida. A continuació n siguió un largo intervalo. Unos decí an que habí a que ingresarme de inmediato en cuidados intensivos de cardiologí a. Otros opinaban que el problema era respiratorio. La enfermera me poní a la má scara de oxí geno en la cara y yo me empeñ aba en apartarla. Rosamund estaba a mi lado velando por mí. Dijo:

—Necesitas el oxí geno, Chick, no me gustarí a que los obligaras a atarte las manos.

—Pero es que me ahogo —dije.

Tengo una versió n personal de lo que ocurrió. Habí a un mé dico de servicio que no llevaba bata blanca, iba en mangas de camisa. Era hablador y muy té cnico, tení a un color de cara subido y se encargó de describir a los demá s y con gran naturalidad el estado en que me encontraba. En esas circunstancias surgen hombres y mujeres, aparecen, se materializan. Aquel mé dico parlanchí n parecí a hablar de cosas té cnicas que no guardaban relació n alguna con mi estado. Sin embargo, yo me habí a equivocado por completo con respecto a lo que me ocurrí a. Me enviaron a cuidados intensivos de cardiologí a y, una vez ingresado, aquella misma noche tuve una crisis cardí aca. Sin embargo, no guardo memoria del hecho. Como tampoco de la unidad de cuidados intensivos del servicio respiratorio a la que fui trasladado despué s. Rosamund me cuenta que, para servirnos de la terminologí a clí nica, la neumoní a me habí a dejado los pulmones opacos. Una má quina se encargaba de respirar por mí..., por la garganta me bajaban unos tubos que me subí an despué s por la nariz.

Ni sabí a dó nde estaba ni me enteré tampoco de que Rosamund dormí a a mi lado en un silló n abatible. Muchas veces habí a pasado noches crí ticas velando en unidades de cuidados intensivos a familiares, hijos o hermanas que pasaban momentos de crisis. Rosamund pasó los diez primeros dí as sin ir a casa, alimentá ndose de restos que encontraba en bandejas. No querí a comer en la cafeterí a por miedo a que yo me muriese mientras ella estaba comiendo. Cuando las enfermeras se hicieron cargo de la situació n, se dispusieron a alimentarla.

Hube de enterarme má s tarde de todas estas cosas. Yo no era consciente de que luchaba por la vida. Fueron semanas en las que estuve sometido a altas dosis de Verset. Uno de los efectos de este medicamento consiste en suspender toda vida mental. No sabí a si estaba vivo o muerto. Toda apariencia (el mundo exterior) quedó borrada. Una vez, mis hermanos difuntos, los dos, se me acercaron. Llevaban las camisas de siempre, sus mismas corbatas, los zapatos, los trajes que les habí an hecho sus sastres. Mi padre se quedó en segundo té rmino. No avanzó. Mis hermanos me indicaron que estaban satisfechos con su situació n. No llamé a mi padre. É l conocí a las reglas. No vi la utilidad de hacer preguntas. Como me sabí a a medio camino, no era urgente preguntar. Querí a saber, pero las respuestas podí an esperar. Entonces mis hermanos se retiraron o los retiraron. Yo no me veí a como un moribundo. Tení a la cabeza llena de delirios, alucinaciones, las causas y los efectos estaban distorsionados. Dicen que el Verset mata la memoria. Pero mi memoria siempre ha sido tenaz. Recuerdo que a menudo me daban la vuelta a un lado y a otro. Alguna enfermera o algú n sanitario que sabí a lo que se traí a entre manos me golpeaba la espalda y me ordenaba que tosiera.

Alguna vez habí a visitado a Ravelstein y a otros amigos y parientes internados en unidades de cuidados intensivos de diversos hospitales y, con esa estupidez natural en un hombre sano, fuerte, habí a considerado la posibilidad de que un dí a podí a ser yo la persona maniatada, enchufada a las má quinas que prolongan la vida.

Ahora el moribundo era yo. Me habí an fallado los pulmones, Habí a una má quina que respiraba por mí. Falto de conciencia, tení a de la muerte la idea que de ella tienen los muertos. Pero mi cabeza (digo yo que serí a la cabeza) estaba poblada de visiones, delirios, alucinaciones. No eran sueñ os ni pesadillas. Las pesadillas tienen una compuerta por la que uno puede escapar...

Recuerdo sobre todo que vagaba sin rumbo, lo pasaba mal. En una de aquellas visiones me veo en la calle de una ciudad buscando el sitio donde se supone que debo pasar la noche. Al final lo encuentro. Entro en lo que hace muchí simo tiempo, en los añ os veinte, era un cine. La taquilla está tapiada. Pero detrá s de la misma, sobre un pavimento embaldosado que va elevá ndose progresivamente, hay una serie de literas plegables de tipo militar. No está n pasando ninguna pelí cula. Hay centenares de asientos, todos vací os. Pero yo sé que el aire que se respira aquí dentro ha sido sometido a un tratamiento especial y es bueno respirarlo. Pasar aquí la noche equivale a ganar puntos mé dicos camino de la recuperació n. O sea que me junto con media docena de tipos má s y me tumbo. Se supone que mi mujer vendrá a recogerme por la mañ ana. Tengo el coche en un pá rking pró ximo. Aquí nadie tiene sueñ o. Pero los hombres tampoco tienen ganas de hablar. Se levantan. Deambulan por el pasillo o está n sentados en el borde de la litera. Hace cincuenta añ os o má s que no se ha barrido el suelo. No hay calefacció n. Se duerme con toda la ropa puesta, el abrigo abotonado hasta arriba. Con el sombrero, la gorra, los zapatos.

Antes de que me dieran el alta de la unidad de cuidados intensivos, cuando me levanté de la cama, me figuraba estar en New Hampshire y que una de mis nietas esquiaba alrededor de la casa. Estaba molesto con sus padres porque no la habí an llevado a ver a su abuelo. Era una mañ ana de invierno o eso creí a yo. En realidad, debí a de ser plena noche, pero me pareció que el sol resplandecí a en la nieve. Me encaramé a la barandilla de la cama sin advertir que estaba conectado a travé s de tubos y agujas a toda una serie de frascos colgados, llenos de toda suerte de mixturas intravenosas. Vi, como si fueran los de otra persona, mis pies en el suelo bañ ado de sol. Parecí an reacios a sostener mi cuerpo, pero los forcé a obedecer mi voluntad. Entonces caí y aterricé de espaldas. En un primer momento no sentí dolor alguno. Lo que má s me dolí a era no haber podido salir de la cama ni acercarme a la ventana. Mientras estaba tendido en el suelo, sin posibilidad de hacer nada, entró corriendo un sanitario, que exclamó:

—Ya me habí an advertido que usted armaba mucho alboroto.

Uno de los mé dicos comentó que yo tení a la espalda tan inflamada que parecí a un bosque en llamas visto desde un avió n. Los mé dicos me hicieron un TAC. Tuve la impresió n de que estaba en un tranví a atestado de gente y que me ahogaban y empujaban desde atrá s. Les rogué por favor que me dejaran tranquilo. Pero no habí a nadie dispuesto a complacerme.

Estaba sometido entonces a fuertes dosis de un fluidificador de la sangre y la caí da sufrida habí a sido peligrosa. Tení a una hemorragia interna. Las enfermeras me pusieron una camisa de fuerza. Pedí a mis hijos mayores que llamaran un taxi. Les dije que estarí a mejor en casa, remojá ndome en la bañ era.

—Estamos a cinco minutos —les dije—. Está a la vuelta de la esquina.

A menudo tení a la sensació n de que me encontraba debajo mismo de Kenmore Square, en Boston. Lo extrañ o de aquellos ambientes alucinatorios era que, en cierto modo, constituí an una liberació n. A veces me pregunto si, situado en el umbral de la muerte, no quise quizá demorarme, libre de cuidados, como una persona normal cualquiera, disfrutando de aquellos delirios descabellados..., unas fantasí as que no necesitaba inventar.

Me encontraba en un inmenso só tano. Hací a mucho, muchí simo tiempo, que habí an pintado las paredes de ladrillo. Habí a lugares tan blancos aú n que parecí an requesó n. Pero requesó n sucio. El sitio estaba iluminado con tubos fluorescentes..., habí a mesas y má s mesas y má s mesas de chucherí as, ropa de mujer, la mayor parte donada al hospital para revenderla: ropa interior, medias, jerseys, bufandas, faldas. Una infinidad de mesas. Era un sitio que me hací a pensar en el só tano de Filene, donde los clientes no tardan en empujarse y pelearse para hacerse con las gangas. Pero los de aquí no estaban para peleas. A mucha distancia habí a unas muchachas, al parecer voluntarias que se dedicaban a hacer obra bené fica. Yo estaba sentado, acorralado, rodeado de centenares de divanes de cuero. Huir de aquel rincó n de queso sucio estaba fuera de lo posible. Detrá s de mí, unas enormes tuberí as atravesaban el techo y se hundí an en el suelo.

Me inquietaba y me dolí a aquella camisa o jersey de fuerza que me obligaban a llevar. Aquella prenda agobiante de color caqui me tení a inmovilizado..., me estaba matando, me tení a maniatado. Intenté, en vano, liberarme de ella. Si, por lo menos, pensaba yo, hubiera podido conseguir que una de aquellas voluntarias de la obra social me trajera un cuchillo o un par de tijeras. Pero estaban a varios bloques de distancia, jamá s conseguirí a hacerme oí r. Yo estaba en un rincó n lejano, muy lejano, rodeado de BarcaLoungers.

Otra de mis experiencias memorables fue la siguiente.

Un sanitario del hospital está subido a una escalera colgando de las lá mparas de pared guirnaldas plateadas, mué rdago, ramitas de hoja perenne y otros adornos navideñ os. El hombre no se ocupa de mí. Es el mismo que me habí a dicho que yo armaba mucho ruido. Pero esto no impide que yo lo observe. Observarlo forma parte de la descripció n de los trabajos que hago. La existencia es —o era— el trabajo. O sea que lo observo, en lo alto de la escalera de tres peldañ os, hombros caí dos, ancha la espalda. Despué s baja y traslada la escalera al pilar siguiente. Má s guirnaldas de plata y má s ramas de hoja perenne que pincha.

A un lado habí a otro tipo, bajo, nervioso e inquieto, se mueve de un lado a otro calzado con zapatillas de felpa. Era mi vecino. Su habitá culo tení a la puerta a un extremo de mi habitació n, pero é l no me habrí a reconocido. Tení a una barba esmirriada, su nariz era como una espá tula de plá stico de las usadas para limpiar pucheros, llevaba gorra. Habrí a debido ser un artista. Pero me parecí a que sus rasgos carecí an por completo de interé s.

Al cabo de un rato recordé que lo habí a visto en la televisió n. En efecto, era un artista, y muy respetado ademá s. Aleccionaba mientras iba pintando. Sus temas eran cosas que está n de moda: ambientalismo, esencias holí sticas de flores y otras cosas por el estilo. Sus esbozos eran vagos, sugerí an amor a los ambientes naturales y responsabilidad ante los mismos. En una pizarra comenzaba pintando la superficie del mar cubierta de neblina y despué s, con la parte lateral de la tiza, creaba la ilusió n de un rostro que estaba acechando —la cabellera ondulada de una mujer parecida a un ruibarbo cocido, atisbos de naturaleza que aludí an a una presencia humana—, alguna cosa mí tica o, con igual probabilidad, una proyecció n. Tal vez una ondina o una doncella del Rin. De hecho, no se podí a acusar a aquel tipo de engañ o ni de superstició n. Si de algo se le podí a tildar era, como mucho, de darse importancia y de autocomplacencia (en francé s, suffisancé ). Prefiero suffisance a smugness, 16 por la misma razó n que prefiero el inglé s suffocating al francé s suffoquant: Tout suffoquant et blé me (Verlaine? ). Si uno se ahoga, ¿ a qué viene preocuparse de si está pá lido o no?

Aquel Ananí as o falso profeta (el artista) viví a allí, tení a un apartamento angosto en uno de los flancos del hospital. Su casa quedaba al doblar la esquina, o sea, que yo no podí a verla desde la cama. Conseguí a apenas atisbar su librerí a y la alfombra verde que cubrí a todo el pavimento. El sanitario encargado de los adornos de Navidad se mostraba muy deferente con el artista, que por su parte no me hací a ningú n caso. Ni el má s mí nimo. No entraba dentro de mis posibilidades registrar ninguna impresió n. Con lo que quiero decir ú nicamente que yo no encajaba en ninguno de sus conceptos.

En cualquier caso, aquel artiste de la televisió n tení a todo el aire de estar instalado allí desde hací a mucho tiempo, aun cuando muy pronto se vio con toda claridad que se iba aquel dí a. De su apartamento —o ala del edificio— estaban sacando cajas de embalaje. Los hombres encargados de la mudanza iban amontonando cosas. De los estantes desaparecí an los libros, desmontaban estantes con inusitada prisa. Se acercó una furgoneta, que fue cargada con gran apremio y, acto seguido, salió la anciana esposa del artista, encorvada, vestida con un traje largo verde y oro, a la que ayudaron a acomodarse en la delantera de la furgoneta. Llevaba un sombrero de seda. El artista de la televisió n se enfundó las zapatillas de felpa en los bolsillos del abrigo, se calzó unos mocasines y se coló en la furgoneta junto a su mujer.

El sanitario estaba allí para verlo partir y seguidamente me dijo:

—Tú eres el siguiente. Necesitamos espacio y tengo ó rdenes de sacarte de aquí má s que aprisa.

Inmediatamente una cuadrilla de hombres procedió a desmontar los estantes y a desmantelarlo todo. Lo desbarataron todo, como los bastidores de un teatro. No quedó nada. Entretanto ya se habí a acercado una furgoneta, ya habí an metido en ella mis trajes de calle, mi Borsalino, la afeitadora elé ctrica, los artí culos de aseo, los CDs, etcé tera, todo en bolsas de plá stico. Me ayudaron a sentarme en una silla de ruedas y me izaron dentro de un camió n con remolque. Allí dentro encontré un despacho..., no, no era un despacho, era una mesa de las que usan las enfermeras, pequeñ a pero completa, con muchas luces elé ctricas. Se levantó la puerta trasera; la parte de arriba estaba abierta y la furgoneta salió zumbando bajo tierra, engullida por un tú nel. Siguió un rato a toda velocidad. Despué s nos paramos mientras el gigantesco motor continuaba en punto muerto. Siguió en punto muerto.

Tan só lo habí a una enfermera de servicio. Al verme agitado, se ofreció a afeitarme. Admití que no me irí a mal un afeitado. Así pues, me enjabonó y se encargó de la labor con una Schick o una Gillette desechable. Pocas enfermeras saben afeitar a un hombre. Enjabonan la cara sin suavizar la barba primero, a diferencia de los antiguos barberos con sus toallitas calientes. Como no te enjabonen y te remojen bien, la hoja te rasca, tira de los pelos y despué s te deja escozor en la cara.

Le dije a la enfermera que esperaba a mi esposa Rosamund a las cuatro y que en el gran reloj circular ya eran las cuatro pasadas.

—¿ Dó nde le parece que estamos?

La enfermera no habrí a sabido decirlo. A mí me parecí a que está bamos debajo de Kenmore Square, en Boston, y que si hubieran parado el motor habrí amos oí do el ruido de los trenes subterrá neos de la lí nea verde. Eran cerca de las seis, ¿ Quié n habrí a podido decir si de la mañ ana o de la tarde? En aquel momento está bamos arrimá ndonos lentamente a un acceso de peatones por el que algunas personas, no muchas, subí an a la calle o bajaban de ella.

—Parece un guerrero indio —me dijo la enfermera—. Como ha adelgazado tanto, está muy arrugado y tiene pelos en los pliegues de la barba. Cuesta llegar a ellos. ¿ Era usted fornido antes?

—No, pero he cambiado muchas veces. Siempre quedo mejor sentado que de pie —dije, y, pese a tener el corazó n encogido, me eché a reí r.

Pero no pareció sacar nada en limpio de mis observaciones.

La furgoneta no estaba. Yo habí a tenido que desalojar la habitació n, puesto que la necesitaban urgentemente y me habí an trasladado de noche a otra parte del hospital.

—¿ Dó nde has estado? —le dije a Rosamund cuando llegó.

Estaba enfadado con ella. Pero me explicó que se habí a despertado de pronto y se habí a quedado sentada en la cama, preocupada por mí. Habí a telefoneado a cuidados intensivos y le habí an dicho que me habí an trasladado, habí a subido a un taxi y habí a venido corriendo hasta aquí.

—Está anocheciendo —dije.

—No, está amaneciendo.

—¿ Dó nde estoy?

La enfermera de servicio era muy expeditiva y comprensiva. Corrió la cortina alrededor de mi cama y dijo a mi mujer:

—Quí tese los zapatos y acué stese con é l. Lo que necesitan es dormir unas horas. Los dos.

 

       *

 

 

Otra breve visió n, é sta con fines orientativos.

En ella aparece Vela.

Y nos exponemos los dos para que todo el mundo juzgue. Ella, con la mano abierta y gesto elegante, dirige la atenció n hacia mi incó moda postura.

Nos encontramos los dos en escena, estamos de pie ante la pared de piedra bruñ ida del interior de un banco, un banco de inversiones. Volví amos a estar enemistados pero, a petició n suya, me habí a reunido con ella en el banco. Iba acompañ ada de un hombre de unos veinticinco a treinta añ os, muy elegante y con aire españ ol. Habí a un tercer hombre, un banquero que hablaba en francé s. En la deslumbrante pared de má rmol situada ante nuestros ojos habí a dos monedas. Una era una moneda americana de diez centavos y la otra un dó lar de plata de unos tres metros o tres metros y medio de diá metro.

Vela me presentó a su acompañ ante españ ol. No fue, de hecho, una verdadera presentació n, ya que é l no me hizo el má s mí nimo caso. Despué s ella, a manera de explicació n, dijo:

—Hasta ahora yo no habí a tenido nunca una experiencia sexual auté ntica y por esto he pensado que, atenié ndome a lo que tú has llamado siempre revolució n sexual, debí a saber de qué se trataba..., a fin de descubrir de una vez qué me habí a perdido estando contigo.

—Es como una enorme conejera con millones de conejos donde las hembras disfrutan de todos los machos —dije.

Pero aquella primera fase del encuentro no tardó en quedar atrá s. Era evidente que el objetivo que perseguí a era hacerme sentir culpable inoculá ndome un disolvente o suavizante mental.

—¿ Puedes decirme dó nde estamos? —pregunté —. ¿ Y por qué estamos delante de estas monedas? ¿ Qué significan?

Entonces se adelantó el banquero y explicó que, con los añ os, la moneda de diez centavos de la derecha se transformarí a en el dó lar de tres metros de diá metro.

—¿ En cuá nto tiempo?

—Un siglo o poco má s.

—Bueno, no dudo en absoluto de la aritmé tica... pero ¿ a quié n va a servirle?

—A ti —dijo Vela.

—¿ A mí? ¿ De qué manera?

—Gracias a la criogenia —dijo Vela—. La persona autoriza a que la congelen y la guarden en depó sito. Pasado un siglo, la descongelan y la devuelven a la vida. ¿ No recuerdas que una vez leimos en una revista sensacionalista que Howard Hughes se habí a hecho congelar y que lo descongelarí an y resucitarí an cuando encontrasen un remedio para la enfermedad que lo estaba matando? Pues a esto se le llama criogenia.

—Dime claramente qué quieres de mí. No sirve de nada andarse con adivinanzas. Dime qué te traes entre manos. ¿ Cuá ndo querrí as que me congelasen?

—A ti, ahora. A mí, má s adelante. Nos despertarí amos juntos en el siglo veintidó s.

El resplandor grisá ceo y el brillo intenso de las losas de má rmol tení an como finalidad convencer a cualquiera de la estabilidad eterna del dó lar. Pero, ademá s, eran la fachada de una planta..., o cripta de congelació n. Era una locura, seguramente. Hacinaban tu cuerpo junto con el de otros inversores detrá s de aquella fachada de má rmol. Te almacenaban en un laboratorio atendido por unos té cnicos-sacerdotes que te vigilaban generació n tras generació n, regulaban la temperatura, la humedad y observaban los indicadores de tu estado.

—Volverí as a vivir de nuevo... —dijo Vela—. Calcula el interé s compuesto por milló n. Vivirí amos los dos.

—¿ Compañ eros en la vejez?

El banquero, que iba vestido de chaqué, dijo en tono prá ctico:

—Para entonces la duració n de la vida se habrá ampliado a doscientos añ os.

—Es la ú nica oportunidad que le queda a nuestro matrimonio —me dijo Vela.

En la gran palabra «matrimonio» percibí una cierta nota de gracia serbia (si bemol la, si bemol do).

—¡ Oh, por el amor de Dios, Vela! É sta no es manera de enfocar la cuestió n de la muerte. Retrasarla un siglo no resuelve nada.

Debo recordarles que yo ya habí a muerto y resurgido a continuació n y que existí a una curiosa distancia en mi mente entre la antigua manera de ver las cosas (falsa) y la nueva (extrañ a pero liberadora).

El inglé s no era la lengua nativa de Vela y, por ello, era incapaz de reformular nada valié ndose de ella, porque bastante esfuerzo habí a hecho para estructurar las formulaciones que postulaba. Lo ú nico que podí a hacer era repetir lo que ya se habí a dicho antes. Volvió a exponer los hechos tal como los habí a entendido, lo que no sirvió para solucionar la discusió n.

—No puedo hacerlo —le dije.

—¿ Por qué no puedes hacerlo?

—Me pides que me suicide. El suicidio está prohibido.

—¿ Quié n ha prohibido el suicidio?

—Va contra mi religió n. Los judí os no se suicidan a menos que se vean obligados a sucumbir a un asedio, como ocurrió en Masada. O que vayan a despedazarlos, como en las cruzadas. Entonces matan a sus hijos y se suicidan despué s.

—Tú no recurres nunca a la religió n como no sea para ganar una discusió n —dijo Vela.

—Supongamos que cambias de parecer y pones una demanda al banco cuando me tienen congelado —dije—. Y despué s reclamas mis bienes porque he muerto. No pueden garantizarme que entonces me descongelarí an y me devolverí an a la vida. ¿ O es que crees que me sacarí an de aquí só lo para que ganara el pleito? ¿ Un pleito dirimido delante de un juez má s corto que un rabo de conejo?

Así que mencioné los pleitos, el representante del banco se quedó lí vido, lo que me indujo a ponerme en su lugar, aunque tampoco yo me encontraba a mis anchas y má s bien tení a el alma en los pies.

—É sta me la pagará s —dijo Vela.

¿ Qué habí a querido decir con esto? Yo, de todos modos, tengo por principio no discutir nada con gente que no razona. Me limité a negar con el gesto y a repetir:

—No se puede hacer, no se puede y no se hará.

—¿ No?

—No sabes lo que me pides —dije.

—¿ No?

—Por tu manera de pedí rmelo demuestras que te figuras que no sé lo que me hago. Estupendo.

Pero nunca lo habí a sabido menos que el dí a que nos reunimos para casarnos en el despacho del juez. Un antiguo amigo mí o de la escuela, a quien habí a invitado a la boda, estaba muy entusiasmado con Vela. Mientras el juez estaba enfrascado leyendo en el libro el formulario de la ceremonia, me susurró al oí do:

—Aunque no dure má s que seis meses, o incluso un mes, la cosa vale la pena..., con ese pecho y esas caderas y esa cara que tiene.

Volviendo al diá logo que sostuve con Vela en el banco, me oí decir con esa convicció n que es fruto de la má xima seriedad:

—Hace mucho tiempo que me hice a la idea de morir de muerte natural, como todo el mundo. En mi vida he tenido ocasió n de ver muchos muertos y estoy preparado para lo que venga. Quizá he sido demasiado imaginativo en relació n con la tumba..., humedad, frí o. Me la he representado con excesivo detalle y quizá he tenido sentimientos exagerados —anormales— al pensar en los muertos. Pero no existe ni la má s remota posibilidad de que me convenzan de ponerme en manos de la ciencia experimental. Me siento insultado con tu proposició n. A lo mejor piensas que si supiste convencerme de que me casara contigo, me brindaré a estar un siglo congelado.

—Sí, creo que me debes algo —dijo Vela, como para redondear lo que yo acababa de decir.

Una de nuestras dificultades, origen de muchos malentendidos entre los dos, era que mis observaciones le resultaban incomprensibles. Un perro es capaz de entender un chiste. Los gatos nunca, los gatos no saben reí r. En el caso de Vela, cuando veí a reí r a los demá s, tambié n se reí a. Pero si le faltaban pistas («esto que han dicho es có mico»), ni sonreí a siquiera. Y cuando yo, en una cena, me dedicaba a divertir a la gente, me hací a sospechoso a sus ojos de hacerla blanco de mis bromas.



  

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