Хелпикс

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Notas a pie de página 14 страница



 

Hector le devolvió la sonrisa. Meers estaba despatarrada en la cama con un cigarrillo en la mano: confiada, tranquila, enteramente a gusto con su desnudez. ¿ Qué ganarí a ella con eso?, quiso saber Hector. Dinero, contestó ella. Montones de dinero. É sa sí que era buena, observó Hector. De modo que estaba ofrecié ndoselo por nada, y al mismo tiempo hablaba de enriquecerse. ¿ No era de tontos? De tontos no, replicó ella, de listos. Se podí a ganar dinero, y si en los pró ximos nueve minutos se le empinaba otra vez, é l tambié n podí a ganá rselo.

 

Apagó el cigarrillo y empezó a pasarse las manos por el cuerpo, acariciá ndose los pechos y alisá ndose el vientre con la palma de las manos, deslizá ndose la punta de los dedos por el interior de los muslos, tocá ndose el vello pú bico, la vulva y el clí toris, abrié ndose a é l mientras le enseñ aba la lengua entre los labios separados. Hector no era inmune a aquellas clá sicas provocaciones. Lenta pero firmemente, el muerto iba saliendo de su tumba, y cuando observó lo que pasaba, Meers emitió un leve y obsceno plañ ido gutural, una sola nota prolongada que parecí a aunar la aprobació n y el estí mulo. Lá zaro respiraba de nuevo. Se puso boca abajo, murmurando una retahí la de indecencias y gimiendo de fingida excitació n, y luego levantó el culo en el aire y le dijo que se metiera dentro de ella. Hector no estaba preparado del todo, pero cuando apretó el pene contra los rojizos pliegues de sus labios, se le endureció lo suficiente para penetrarla. No le quedaba mucho, al final, pero algo le salió ademá s de sudor, lo bastante para hacer una demostració n vá lida, en cualquier caso, y cuando se apartó de ella y se derrumbó entre las sá banas, ella se volvió hacia é l y lo besó en los labios. Diecisiete minutos, anunció. Lo habí a hecho tres veces en menos de una hora, y eso era justo lo que ella andaba buscando. Si querí a entrar en el negocio, lo aceptaba como pareja.

 

Hector no tení a idea de lo que estaba hablando.

 

Meers se lo explicó, y como seguí a sin entender lo que intentaba decirle, se lo volvió a explicar. Habí a hombres, le dijo, millonarios de Chicago, ricachones de todo el Medio Oeste que estaban dispuestos a pagar buen dinero por ver follar a la gente. Ah, repuso Hector, te refieres a pelí culas verdes, a cine porno. No, replicó Meers, nada de trucos de é sos. Nú meros en vivo. Polvos de verdad delante de un pú blico de verdad.

 

Llevaba un tiempo haciendo eso, le informó, pero el mes pasado habí an detenido a su pareja por un robo con escalo que terminó en chapuza. Pobre Al. De todos modos, bebí a demasiado y le costaba trabajo empalmarse.

 

Aunque no lo hubieran puesto fuera de servicio, probablemente habrí a sido hora de buscarle un sustituto. En los ú ltimos quince dí as, tres o cuatro candidatos habí an sobrevivido a la prueba, pero ninguno de aquellos tipos podí a compararse con Hector. Le gustaba su cuerpo, le dijo, le gustaba sentir su polla, y pensaba que los rasgos de su cara eran tremendamente atractivos.

 

Ah, no, replicó Hector. No enseñ arí a la cara. Si querí a que trabajase con ella, tendrí a que llevar una má scara.

 

No era por escrú pulos. Sus pelí culas habí an tenido é xito en Chicago, y no podí a correr el riesgo de que lo reconociesen. Ya iba a ser bastante difí cil cumplir su parte del trato, y no veí a có mo podrí a hacerlo si estaba muerto de miedo, si cada vez que se presentara delante del pú blico temiese que alguien dijera su nombre en voz alta.

 

Aqué lla era su ú nica condició n, concluyó. Si le dejaba taparse la cara, podí a contar con é l.

 

Meers no estaba convencida. ¿ Por qué iba a enseñ ar la minina a todo el mundo y no dejar que nadie le viese la cara? Si ella fuese hombre, le aseguró, estarí a orgullosa de tener lo que é l tení a. Querrí a que todo el mundo supiese que era suyo.

 

Pero el pú blico no irí a a verlo a é l, arguyó Hector. La estrella era Meers, y cuanto menos pensara el pú blico en quié n era é l, má s excitante resultarí a su espectá culo. Si se tapaba con una má scara, ya no tendrí a personalidad, ni rasgos caracterí sticos, nada que se interpusiera en las fantasí as de los hombres que acudieran a verlos. No querí an verle joder a é l, afirmó Hector, sino imaginar que eran ellos quienes se la estaban follando a ella. Convertido en un personaje anó nimo, só lo serí a el motor del deseo masculino, el representante de todos los hombres del pú blico.

 

Don Semental, el de rí gida planta, tirá ndose sin parar a la insaciable Doñ a Coñ o. Todos los hombres, y por tanto, cualquier hombre. Pero só lo una mujer, concluyó Hector, una sola mujer por siempre jamá s, que se llamaba Sylvia Meers.

 

A Meers le convenció el argumento. Era su primera lecció n de tá ctica del espectá culo, y aunque no entendí a todo lo que Hector le explicaba, le gustaba el tono de su discurso, le encantaba que quisiera dejarle el papel de estrella. Para cuando la llamó Doñ a Coñ o, se estaba riendo a carcajadas. ¿ Dó nde habí a aprendido a hablar así?, le preguntó. Nunca habí a conocido a un hombre capaz de hacer que algo pareciese tan sucio y tan bonito a la vez.

 

Lo só rdido tiene sus compensaciones, repuso Hector, utilizando deliberadamente un lenguaje superior. Si un hombre decide alojarse en su propia tumba, ¿ qué mejor compañ í a podrí a tener que una mujer de sangre ardiente?

 

Así morirá má s despacio, y mientras esté unido carnalmente a ella, podrá vivir del olor de su propia corrupció n.

 

Meers volvió a reí r, incapaz de comprender el significado de las palabras de Hector. Le parecí an sacadas de la Biblia, como las que utilizaban los predicadores y los evangelistas itinerantes, pero el pequeñ o poema de Hector sobre muerte y degeneració n fue recitado con tanta calma, con una sonrisa tan amable y simpá tica en el rostro, que supuso que le estaba gastando una broma. Ni por un momento comprendió que acababa de confesarle sus secretos má s í ntimos, que tení a delante a un hombre que cuatro horas antes estaba sentado en la cama de la habitació n de su hotel apoyá ndose en los sesos un revó lver cargado por segunda vez en aquella semana. Hector se alegró. Cuando vio la falta de comprensió n en sus ojos, se sintió afortunado por haber caí do con una fulana tan lerda, tan corta de luces. Por mucho tiempo que pasara con ella, sabí a que siempre estarí a solo cuando estuvieran juntos.

 

Meers tení a poco má s de veinte añ os y era una campesina de Dakota del Sur que, tras escaparse de casa a los diecisé is añ os, aterrizó en Chicago un añ o despué s y empezó a hacer la calle el mismo mes que Lindbergh atravesó el Atlá ntico. No tení a nada que cautivase, nada que la distinguiera de las mil putas que en aquel momento hubiera en otras tantas habitaciones de hotel. Rubia teñ ida, de cara redonda, ojos grises sin brillo y mejillas salpicadas de cicatrices de acné, se comportaba con cierta desenvoltura de mujer fá cil, pero no tení a magia alguna, ni encanto que mantuviera vivo durante algú n tiempo el interé s de nadie. Tení a el cuello demasiado corto en relació n con el cuerpo, los senos menudos, un tanto caí dos, y ya una leve acumulació n de grasa en nalgas y caderas. Mientras establecí an los té rminos del acuerdo (un reparto a sesenta y cuarenta, que a é l le pareció má s que generoso), Hector le dio de pronto la espalda, pensando que le resultarí a, imposible seguir adelante si continuaba mirá ndola.

 

¿ Qué ocurre, Herm?, le preguntó ella. ¿ No te encuentras bien? Estoy perfectamente, repuso Hector, con los ojos todaví a fijos en un trozo de escayola descascarillada en el otro extremo de la habitació n. Nunca me he sentido mejor en la vida. Estoy tan contento, que me dan ganas de abrir la ventana y ponerme a gritar como un loco. Fí jate lo bien que me siento, cariñ o. Estoy verdaderamente loco, loco de alegrí a.

 

Seis dí as despué s, Hector y Sylvia dieron su primera representació n pú blica. Entre su compromiso inicial a primeros de junio y su ú ltimo espectá culo a mediados de diciembre, Alma calculaba que habí an aparecido juntos unas cuarenta y siete veces. La mayor parte del tiempo trabajaban en Chicago y sus alrededores, pero a veces les llegaban reservas de sitios tan lejanos como Minneapolis, Detroit y Cleveland. Los locales iban desde clubs nocturnos a suites de hotel, de almacenes y burdeles a edificios de oficinas y casas particulares. Su pú blico má s numeroso se compuso de unos cien espectadores (en la fiesta de una asociació n estudiantil de Normal, en Illinois), y el má s reducido consistió en uno solo (en diez ocasiones distintas, repetidas para el mismo hombre). La actuació n variaba en funció n de los deseos de los clientes. Unas veces, Hector y Sylvia montaban pequeñ as obras, con vestuario, diá logo y todo; y otras, se limitaban a aparecer desnudos y a joder en silencio. Las escenas se basaban en las má s elementales ensoñ aciones eró ticas, y solí an dar mejor resultado frente a un pú blico reducido o medio. El nú mero má s famoso era el de enfermera y paciente. Parecí a que a la gente le gustaba ver có mo Sylvia se despojaba del blanco uniforme almidonado, y nunca dejaba de aplaudir cuando empezaba a quitar las vendas de gasa del cuerpo de Hector. Tambié n estaba el Escá ndalo del Confesionario (que terminaba con el cura violando a la monja) y, má s elaborada, la historia de los dos libertinos que se conocí an en un baile de má scaras en la Francia prerrevolucionaria. En casi todos los casos, los espectadores eran exclusivamente masculinos. Las sesiones má s concurridas solí an ser má s escandalosas (fiestas de solteros, celebraciones de aniversario), mientras que los pequeñ os grupos rara vez hací an ruido.

 

Banqueros y abogados, polí ticos y hombres de negocios, atletas, corredores de bolsa y representantes de la riqueza ociosa: todos miraban con embelesada fascinació n. La mayorí a de las veces, al menos dos o tres se desabrochaban los pantalones y empezaban a masturbarse. Un matrimonio de Fort Wayne, en Indiana, que contrató los servicios del dú o para una representació n privada en su casa, llegó a desnudarse y a hacer el amor durante la representació n. Meers no se habí a equivocado, descubrió Hector.

 

Podí a ganarse mucho dinero si uno se atreví a a dar a la gente lo que querí a.

 

Alquiló un apartamento pequeñ o en el North Side y, por cada dó lar ganado, daba setenta y cinco centavos para fines bené ficos. Introducí a billetes de diez y veinte dó lares en el cepillo de la iglesia Saint-Anthony, enviaba donaciones anó nimas a la congregació n B’nai Avraham, y repartí a incalculables cantidades de monedas entre los mendigos ciegos y tullidos que encontraba por las aceras de su barrio. Cuarenta y siete representaciones hací an un promedio de dos funciones a la semana. Lo que dejaba cinco dí as libres, que en su mayor parte Hector pasaba recluido, encerrado en su apartamento, leyendo libros. Su mundo se habí a escindido en dos, observó Alma, y su mente y su cuerpo ya no se hablaban. Era exhibicionista y ermitañ o, depravado furibundo y monje solitario, y si logró sobrevivir durante tanto tiempo a esas contradicciones internas, só lo fue porque adormeció voluntariamente su conciencia. Se acabó la lucha por ser bueno, se terminó la farsa de creer en las virtudes de la renunciació n. Su cuerpo habí a tomado ahora el mando, y cuanto menos pensaba en lo que hací a su cuerpo, má s satisfactoriamente lograba hacerlo. Alma observó que durante ese periodo dejó de escribir en su diario. Las ú nicas anotaciones eran breves y escuetas indicaciones de la hora y el lugar de sus trabajos con Sylvia: pá gina y media en seis meses. Ella lo interpretaba como una señ al del miedo que tení a a mirarse a sí mismo, el comportamiento de alguien que hubiera tapado todos los espejos de su casa.

 

Só lo tuvo algú n problema la primera vez, o justo antes de la primera vez, cuando aú n no estaba seguro de si estarí a a la altura de las circunstancias. Afortunadamente, Sylvia habí a concertado aquella representació n para un pú blico compuesto por un solo hombre. Eso lo hizo soportable en cierta medida: mostrarse en pú blico de forma privada, con só lo dos ojos fijos en é l, y no veinte o cincuenta, o incluso cien. En aquella ocasió n, los ojos eran de Archibald Pierson, un juez jubilado de setenta añ os, que viví a solo en un caseró n estilo Tudor en Highland Park. Sylvia ya habí a ido una vez con Al, y cuando ella y Hector subieron a un taxi en la noche de marras y se dirigieron a su destino en los barrios residenciales, le advirtió que probablemente tendrí an que hacerlo dos veces, incluso tres quizá. El vejestorio se habí a encaprichado de ella, le dijo. Llevaba semanas llamá ndola, desesperado por saber cuá ndo volví a, y poco a poco ella fue regateando el precio hasta conseguir doscientos cincuenta dó lares por polvo, el doble de la ú ltima vez. Yo no soy manca cuando se trata de sacar pasta, declaró con orgullo. Si dejamos satisfecho a ese primo, mi querido Hermie, nos vamos a llenar los bolsillos.

 

Resultó que Pierson era un anciano tí mido y nervioso, delgado como el punzó n de un zapatero, con una abundante y repeinada cabellera blanca y enormes ojos azules. Se habí a puesto para la ocasió n una chaqueta de esmoquin de terciopelo verde, y mientras acompañ aba a Hector y a Sylvia al saló n, no hací a má s que aclararse la garganta y alisarse la parte delantera de la chaqueta, como si se sintiera incó modo con aquel atuendo de petimetre.

 

Primero les ofreció cigarrillos y una copa (que ambos declinaron), y luego les anunció que como acompañ amiento a su representació n pensaba poner en el fonó grafo un disco del Sexteto de cuerda nú mero uno en si bemol de Brahms. Sylvia soltó una risita tonta al oí r la palabra sexteto, sin saber que se referí a al nú mero de instrumentos de la composició n, pero el juez no hizo comentario alguno.

 

Pierson felicitó entonces a Hector por la má scara —que Hector se habí a puesto antes de entrar en la casa— y dijo que la encontraba fascinante, un toque magistral. Creo que me va a gustar, afirmó. La felicito, Sylvia, por la elecció n de su pareja. Este es infinitamente má s apuesto que Al.

 

Al juez le gustaban las cosas sencillas. No le interesaban ni los vestidos provocativos, ni los diá logos sensuales ni las escenas artificialmente dramá ticas. Lo ú nico que querí a era mirar sus cuerpos, les dijo, y una vez acabada la conversació n preliminar, les ordenó que fueran a desnudarse a la cocina. Durante su ausencia, puso la mú sica, apagó las luces y encendió velas en media docena de sitios diferentes de la estancia. Era teatro sin teatro, una cruda representació n de la vida misma. Hector y Sylvia tení an que entrar desnudos en la habitació n, y luego dedicarse directamente al asunto en la alfombra persa. Eso era todo.

 

Hector harí a el amor con Sylvia, y cuando llegara el momento culminante, debí a retirarse de ella y eyacular sobre sus pechos. A eso se reducí a todo, comentó el juez. El chorro era esencial, y cuanto má s distancia recorriera por el aire, má s satisfecho quedarí a.

 

Cuando se hubieron desnudado en la cocina, Sylvia se acercó a Hector y empezó a pasarle las manos por el cuerpo. Le besó en el cuello, le echó hacia atrá s la má scara para besarle en el rostro y, ahuecando la mano, le cogió el flá ccido pene y lo acarició hasta que se puso tieso. Hector se alegró de que se le hubiera ocurrido lo de la má scara.

 

Le hací a menos vulnerable, le daba menos vergü enza exhibirse ante el anciano, pero seguí a nervioso, y acogió con alivio el cá lido contacto de Sylvia, agradeciendo que intentara quitarle la crispació n. Por muy estrella que fuera, sabí a que la carga de la prueba recaí a sobre é l. Hector no podí a fingir como ella; no podí a limitarse a repetir los gestos de un placer simulado y hacer como que disfrutaba. Tení a que emitir algo tangible al final del espectá culo, y a menos que se entregara a ello con auté ntica convicció n, no tendrí a la menor posibilidad de conseguirlo.

 

Aparecieron en el saló n cogidos de la mano, dos salvajes desnudos en una jungla de espejos con marco dorado y escritorios Luis XV. Pierson ya estaba instalado en su butaca al fondo de la estancia: un enorme silló n de orejas, de cuero, que parecí a engullirlo, hacié ndole aú n má s delgado y má s seco de lo que era. A su derecha tení a el fonó grafo, con el sexteto de Brahms dando vueltas en el plato. A su izquierda, un mueble bajo, de caoba, cubierto de cajas lacadas, estatuillas de jade y otros costosos objetos chinos.

 

Era una habitació n llena de nombres y objetos inamovibles, un enclave de pensamientos. Nada podí a haber resultado má s incongruente en aquella atmó sfera que la erecció n que Hector llevaba con é l, que el espectá culo de verbos que de pronto empezó a desarrollarse a tres metros del silló n del juez.

 

Si el anciano disfrutaba de lo que veí a, no mostraba signo exterior alguno de placer. Se puso en pie dos veces durante la representació n para cambiar el disco, pero aparte de esas breves interrupciones mecá nicas, permaneció todo el tiempo en la misma postura, sentado en su trono de cuero con una pierna cruzada sobre la otra y las manos en el regazo. No se tocó, no se desabotonó los pantalones, no sonrió, no hizo el menor ruido. Só lo al final, en el momento en que Hector se retiró de Sylvia y se produjo la deseada erupció n, pareció que un leve y tembloroso eco contraí a la garganta del juez. Casi como un sollozo, pensó Hector; o quizá, apenas nada en absoluto.

 

Esa fue la primera vez, dijo Alma, pero tambié n fue la quinta y la undé cima y la decimoctava y otras seis veces má s, Pierson se convirtió en su cliente má s fiel, y una y otra vez volvieron a la casa de Highland Park para revolcarse en la alfombra y recoger su dinero. Nada hací a a Sylvia má s feliz que aquel dinero, segú n comprendió Hector, y al cabo de un par de meses habí a ganado con el espectá culo lo suficiente para dejar de vender sus encantos en el hotel White House. No todo iba a su bolsillo, pero incluso despué s de entregar el cincuenta por ciento al hombre que llamaba su protector, ganaba dos o tres veces má s que antes. Sylvia era una paleta inculta, una arribista zafia y semianalfabeta que se expresaba en una confusió n de incongruencias y alucinantes despropó sitos, pero demostró tener buena cabeza para los negocios. Era ella quien contrataba las representaciones, negociaba con los clientes y se ocupaba de todas las cuestiones prá cticas: el transporte hasta el lugar de trabajo y la vuelta, alquiler de vestuario, bú squeda de nuevos contratos. Hector nunca tení a que ocuparse de esos detalles. Sylvia le llamaba para comunicarle cuá ndo y dó nde tení an que presentarse, y lo ú nico que debí a hacer era esperar que ella pasara por su apartamento a recogerlo en taxi. Aqué llas eran las normas tá citas, las fronteras de su relació n. Trabajaban, follaban, ganaban dinero juntos, pero nunca intentaron hacer amistad, y excepto por las veces que tení an que ensayar un nuevo nú mero, só lo se veí an a la hora del espectá culo.

 

Desde el principio, Hector supuso que estaba a salvo con ella. No le hací a preguntas ni hurgaba en su pasado, y en los seis meses y medio que trabajaron juntos, nunca la vio mirar un perió dico y menos aú n interesarse por las noticias. Una vez, de manera indirecta, é l mencionó de pasada al có mico del cine mudo que habí a desaparecido unos añ os atrá s. ¿ Có mo se llamaba?, preguntó, chasqueando los dedos y fingiendo buscar la respuesta en su memoria, pero cuando Sylvia reaccionó con aquella mirada suya, perdida e indiferente, Hector pensó que nunca habí a oí do hablar del suceso. En cierto momento, sin embargo, alguien debió de contá rselo. Hector nunca se enteró de quié n habí a sido, pero sospechaba que era el novio de Sylvia, su presunto chulo, Biggie Lowe, una masa de ciento veinte kilos de peso que habí a empezado de gorila en una sala de baile de Chicago y ahora trabajaba de gerente nocturno del hotel White House. Quizá fue Biggie quien se lo propuso, llená ndole la cabeza con historias de dinero fá cil y planes infalibles de chantaje, o puede que Sylvia actuara por su cuenta y riesgo, tratando de sacarle unos cuantos dó lares má s. Fuera como fuese, la avaricia se apoderó de ella, y una vez que Hector descubrió lo que estaba planeando, no pudo hacer otra cosa que largarse.

 

Ocurrió en Cleveland, menos de una semana antes de Navidad. Habí an ido en tren, invitados por un acaudalado fabricante de neumá ticos, acababan de hacer el nú mero de los libertinos franceses ante un pú blico de unas tres docenas de hombres y mujeres (que se habí an reunido en casa del industrial para participar en una orgí a semestral privada) y estaban en el asiento trasero de la limusina de su anfitrió n, de camino al hotel donde pararí an a dormir unas horas antes de volver a Chicago la tarde siguiente.

 

Les habí an pagado una suma sin precedentes: mil dó lares por una sola sesió n de cuarenta minutos. La parte de Hector debí a sumar cuatrocientos dó lares, pero cuando Sylvia contó el dinero del magnate de los neumá ticos, só lo entregó a su socio doscientos cincuenta.

 

Eso es el veinticinco por ciento, objetó Hector. Todaví a me debes un quince.

 

Me parece que no, replicó Meers. Eso es lo que te toca, Herm, y yo en tu lugar darí a gracias por la suerte que tienes.

 

¿ Ah, sí? ¿ Y a qué se debe ese repentino cambio en la polí tica fiscal, querida Sylvia?

 

Nada de polí tica, tí o. Se trata de dó lares y centavos.

 

Resulta que tengo pruebas que acusan a cierto individuo, y si no quieres que empiece a darle a la lengua por toda la ciudad, te conformará s con el veinticinco. Se acabó el cuarenta. Esa é poca está muerta y enterrada.

 

Follas como una princesa, cariñ o. Entiendes la jodienda mejor que ninguna mujer que haya conocido, pero te encuentras con muchas carencias a la hora de pensar, ¿ verdad? Que quieres establecer un nuevo acuerdo, pues vale.

 

Me lo dices y hablamos. Pero no cambies las normas sin consultarme primero.

 

Muy bien, mister Hollywood. Entonces deja de ponerte la má scara. Si te la quitas, a lo mejor reconsidero las cosas.

 

Ya veo. Así que a eso es a lo que vamos.

 

Cuando un tí o no quiere que le vean la cara, es que tiene un secreto, ¿ no? Y cuando una chica se entera de cuá l es ese secreto, el panorama cambia totalmente. Yo hice un trato con Herm. Pero al final resulta que no es Herm, ¿ verdad? Se llama Hector, y ahora tenemos que empezar otra vez desde el principio.

 

Ella podí a empezar de nuevo tantas veces como quisiera, pero no iba a ser con é l. Cuando la limusina paró frente al hotel Cuyahoga unos segundos despué s, Hector le dijo que seguirí an hablando por la mañ ana. Querí a consultarlo con la almohada, le dijo, pensarlo un poco antes de tomar una decisió n, pero estaba seguro de que llegarí an a un arreglo satisfactorio para los dos. Luego le besó la mano, como siempre hací a al separarse de ella despué s de una representació n: el gesto entre burló n y caballeresco que se habí a convertido en su despedida habitual. Por la sonrisita triunfal que apareció en el rostro de Sylvia cuando le cogió la mano y se la llevó a los labios, Hector comprendió que no tení a ni idea de lo que acababa de hacer.

 

Con aquel chantaje no lograrí a incrementar su parte de las ganancias, sino que se habí a cargado el espectá culo.

 

Subió a su habitació n, al sé ptimo piso, y durante veinte minutos permaneció inmó vil frente al espejo, apretá ndose el cañ ó n del revó lver contra la sien derecha. Estuvo a punto de apretar el gatillo, prosiguió Alma, mucho má s cerca que las otras dos veces, pero cuando de nuevo le flaqueó la voluntad, dejó el revó lver sobre la mesa y se marchó del hotel. Eran las cuatro y media de la mañ ana. Caminó hasta la estació n de autobuses Greyhound, a doce manzanas hacia el norte, y sacó un billete para el siguiente autocar, o para el que vení a despué s del siguiente. El de las seis iba a Youngstown, en direcció n este, y el de las seis y cinco se dirigí a en direcció n contraria. La novena parada del autobú s que iba hacia el oeste era Sandusky, la ciudad donde nunca habí a pasado su infancia. Recordando lo bonita que una vez le habí a parecido esa palabra, Hector decidió encaminarse allí; só lo para ver có mo era su pasado imaginario.

 

Era la mañ ana del veintiú n de diciembre de 1931.

 

Sandusky estaba a noventa kiló metros, y se pasó durmiendo la mayor parte del viaje, despertá ndose só lo cuando el autobú s llegó a la terminal dos horas y media despué s.

 

Llevaba un poco má s de trescientos dó lares en el bolsillo; los doscientos cincuenta de Meers, otros cincuenta que habí a metido en la cartera antes de salir de Chicago el dí a veinte, y el cambio de los diez con que habí a pagado el billete. Fue a la cantina de la estació n y pidió el desayuno especial: huevos con jamó n, tostada, patatas fritas, zumo de naranja y café a voluntad. A mitad de la tercera taza, preguntó al camarero de detrá s de la barra si habí a algo que ver en la ciudad. Estaba de paso, explicó, y dudaba de que pudiera volver por allí otra vez. Sandusky no es gran cosa, contestó el camarero. No es má s que una ciudad pequeñ a, ya sabe, pero yo en su lugar irí a a ver Cedar Point.



  

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