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Notas a pie de página 11 страница



 

Todo habí a desaparecido. Y el niñ o tambié n, muerto y bien muerto en sus entrañ as. Finalmente, se puso en pie y fue al pasillo, donde encontró una manta en un armario.

 

Cuando volvió al saló n, la miró por ú ltima vez, sintió que le faltaba de nuevo la respiració n, abrió la manta y cubrió con ella el menudo y trá gico cuerpo.

 

Su primer impulso fue llamar a la policí a, pero Dolores tení a miedo. ¿ Qué pensarí an de su historia cuando le preguntaran por el revó lver, dijo ella, cuando la obligaran a repasar por duodé cima vez la inverosí mil secuencia de acontecimientos y le hicieran explicar por qué una mujer de veinticuatro añ os, embarazada, yací a muerta en el saló n? Aunque la creyeran, aun cuando estuvieran dispuestos a aceptar que el revó lver se le habí a disparado accidentalmente, el escá ndalo serí a su perdició n. Acabarí a con su carrera, y con la de Hector tambié n, por añ adidura, ¿ y por qué habí a de sufrir por algo que no habí a sido culpa suya? Tení an que llamar a Reggie, dijo —refirié ndose a Reginald Dawes, su agente, el mismo cretino que le habí a dado el revó lver—, y dejar que é l se ocupase del asunto.

 

Reggie era listo, se sabí a todos los trucos. Si se lo contaban, seguro que encontrarí a un medio de salvarles el pellejo.

 

Pero Hector sabí a que é l ya no tení a salvació n. Si hablaban, los esperaba el escá ndalo y la humillació n pú blica; si no decí an nada, serí a aú n peor. Podrí an inculparlos de asesinato, y una vez que el asunto fuese a juicio, ni una sola persona en el mundo creerí a que la muerte de Brigid habí a sido un accidente. Habí a que elegir entre dos males.

 

Era Hector quien decidí a. Tení a que resolver por los dos, y no existí a una opció n buena y otra mala. Olví date de Reggie, le dijo. Si Dawes se enteraba de lo que habí a hecho, ella le pertenecerí a. Se pasarí a la vida arrastrá ndose a sus pies con las rodillas ensangrentadas. No podí a haber nadie má s. Era o coger el telé fono y llamar a la poli, o no hablar con nadie. Y si decidí an esto ú ltimo, entonces tendrí an que ocuparse ellos mismos del cadá ver.

 

Era consciente de que arderí a en el infierno por decir aquello, y tambié n de que nunca volverí a a ver a Dolores, pero lo dijo de todos modos, y entonces se decidieron y lo hicieron. Ya no era cuestió n de lo que estaba bien y mal.

 

Sino de evitar males mayores dadas las circunstancias, de no destruir otra vida para nada. Cogieron el Chrysler de Dolores y fueron a la montañ a, a una hora al norte de Malibú, con el cuerpo de Brigid en el maletero. El cadá ver seguí a envuelto en la manta, que a su vez habí an enrollado en una alfombra, y en el maletero llevaban tambié n una pala. Hector la habí a encontrado en la cabañ a del jardí n, detrá s de la casa de Dolores, y é sa fue la herramienta que utilizó para cavar la fosa. Al menos le debí a eso, pensó. La habí a traicionado, despué s de todo, y lo extraordinario era que Dolores siguió teniendo confianza en é l. Las historias de Brigid no habí an surtido efecto en ella. Las habí a descartado, calificá ndolas de delirios, enloquecidas mentiras contadas por una mujer celosa y desquiciada, y aun cuando le hubiesen puesto la prueba justo debajo de su bonita nariz, se habrí a negado a aceptarlo. Quizá fuese vanidad, desde luego, una vanidad monstruosa que só lo veí a del mundo lo que querí a ver, pero tambié n podí a ser amor verdadero, un amor tan ciego que Hector apenas podí a imaginar lo que estaba a punto de perder. Ni que decir tiene que jamá s supo lo que era. Cuando volvieron de su escalofriante misió n en la montañ a, Hector regresó a su casa en su propio coche y no volvió a verla má s.

 

Entonces fue cuando desapareció. Salvo por la ropa con que iba vestido y el dinero que llevaba en la cartera, lo dejó todo y a la mañ ana siguiente, a las diez, subió a un tren en direcció n norte con destino a Seattle. Estaba completamente convencido de que lo atraparí an. Una vez denunciada la desaparició n de Brigid, no pasarí a mucho tiempo sin que alguien estableciese una relació n entre ambas ausencias. La policí a querrí a interrogarle, y a partir de ese momento empezarí an a buscarlo en serio. Pero Hector se equivocaba en eso, igual que se habí a equivocado en todo lo demá s. El desaparecido era é l, y de momento nadie sabí a siquiera que Brigid se habí a ido de la ciudad. Ya no tení a trabajo ni direcció n fija, y cuando no volvió a su habitació n del Fitzwilliam Arms en el centro de Los Angeles durante el resto de aquella semana de principios de 1929, el recepcionista hizo que bajaran sus pertenencias al só tano y dio su habitació n a otro inquilino. No habí a nada extrañ o en eso. La gente desaparecí a a todas horas, y no se podí a tener una habitació n vací a cuando otra persona estaba dispuesta a pagar por ocuparla. Aunque el recepcionista se hubiese preocupado lo suficiente para ponerse en contacto con la policí a, los agentes no habrí an podido hacer nada de todos modos. Brigid se habí a registrado con un nombre falso, ¿ y có mo podí a buscarse alguien que no existí a?

 

Dos meses despué s, su padre llamó por telé fono desde Spokane y habló con un inspector de Los Angeles llamado Reynolds, que siguió trabajando en el caso hasta que se jubiló en 1936. Veinticuatro añ os despué s, se exhumaron finalmente los restos de la hija del señ or O’Fallon.

 

Una excavadora los desenterró en un solar donde iban a construir una nueva urbanizació n al pie de los montes Simi. Los enviaron al laboratorio forense de Los Angeles, pero los papeles de Reynolds se encontraban por entonces en el fondo de un cú mulo de expedientes archivados, y ya no fue posible identificar a la persona a quien habí an pertenecido.

 

Alma sabí a lo de los restos porque se habí a empeñ ado en descubrirlo. Hector le habí a dicho dó nde estaba la fosa, y cuando visitó la urbanizació n a principios de los añ os ochenta, habló con las suficientes personas como para confirmar que la habí an encontrado en aquel sitio.

 

Para entonces, Saint John tambié n llevaba ya mucho tiempo muerta. Tras volver a casa de sus padres en Wichita despué s de la desaparició n de Hector, hizo una declaració n a la prensa y se dedicó a llevar una vida retirada. Añ o y medio despué s, se casó con un banquero de la localidad llamado George T. Brinkerhoff. Tuvieron dos hijos, Willa y George. En 1934, cuando el mayor de sus hijos aú n no habí a cumplido tres añ os, Saint John perdió el control del coche una noche de noviembre, cuando volví a a casa bajo una lluvia torrencial. Se estrelló contra un poste de telé fono, y el impacto de la colisió n la lanzó a travé s del parabrisas, que le seccionó la arteria caró tida y el cuello. Segú n el informe policial de la autopsia, murió desangrada sin haber recobrado el conocimiento.

 

Dos añ os má s tarde, Brinkerhoff volvió a casarse.

 

Cuando Alma le escribió en 1983 para pedirle una entrevista, su viuda contestó que habí a muerto de insuficiencia renal el otoñ o anterior. Los hijos viví an, sin embargo, y Alma habló con los dos; uno estaba en Dallas, Texas, y el otro en Orlando, Florida. Ni uno ni otro aportaron gran cosa. Eran muy jó venes en la é poca, dijeron. Conocí an a su madre por fotografí as, y no guardaban recuerdo alguno de ella.

 

Cuando Hector llegó a la estació n central el quince de enero por la mañ ana, su bigote ya habí a desaparecido. Se habí a disfrazado eliminando su rasgo má s reconocible, trasformando su rostro en otro distinto mediante una simple sustracció n. Los ojos y las cejas, la frente y el pelo lacio y brillante peinado hacia atrá s tambié n habrí an sugerido algo a una persona que conociera sus pelí culas, pero no mucho despué s de comprar el billete, Hector tambié n halló la solució n a ese problema. Y al mismo tiempo, añ adió Alma, tambié n encontró un nuevo nombre.

 

No se podí a subir al tren de las nueve y veintiuno para Seattle hasta al cabo de una hora. Hector decidió matar el tiempo en la cantina de la estació n, tomando un café, pero en cuanto se sentó frente a la barra y empezó a respirar el olor a panceta y huevos frié ndose en la plancha se sintió invadido por una oleada de ná usea. Acabó en los servicios, encerrado a cuatro patas en uno de los cubí culos, vomitando el contenido de su estó mago en la taza del retrete. Sus entrañ as lo arrojaban todo, en amargos fluidos verdosos y parduzcos coá gulos de alimentos sin digerir, una tré mula purga de vergü enza, miedo y repulsió n, y cuando se le pasó el ataque se dejó caer al suelo y permaneció allí un buen rato, luchando por recobrar el aliento.

 

Tení a la cabeza apoyada contra la pared del fondo, y desde aquel á ngulo se encontraba en posició n de ver algo que de otro modo habrí a escapado a su observació n. En el codo de la cañ erí a curva que habí a justo detrá s de la taza del retrete, se habí an dejado una gorra. Hector la retiró de su escondite y descubrió que era una gorra de obrero, una só lida y resistente prenda de lana con una visera corta en la parte delantera: no muy diferente de la que é l habí a llevado una vez, en su é poca de recié n llegado a Estados Unidos. La volvió del revé s para ver si habí a algo dentro, si no estaba demasiado sucia ni olí a demasiado mal para poné rsela. Entonces fue cuando vio el nombre del dueñ o escrito con tinta en la parte de atrá s, en la banda de cuero del interior: Herman Loesser. Le pareció un buen nombre, quizá incluso excelente, y en todo caso un nombre no peor que cualquier otro. ¿ Acaso no era é l Herr Mann? Si decidí a llamarse Herman, podí a cambiar de identidad sin renunciar enteramente a ser quien era. Eso era lo importante: liberarse de sí mismo para los demá s, pero tampoco olvidarse de quié n era. No porque quisiera recordarlo, sino precisamente porque no querí a.

 

Herman Loesser. Unos lo pronunciarí an Lesser (menor) y otros dirí an Loser (perdedor). En cualquier caso, Hector pensó que habí a encontrado el nombre que merecí a.

 

La gorra le quedaba bastante bien. Ni muy suelta ni demasiado ajustada, y cedí a lo suficiente para que pudiera echarse la visera sobre la frente y disimular el sesgo caracterí stico de sus cejas, ensombreciendo la intensa claridad de su mirada. Tras la sustracció n, por tanto, una adició n.

 

Hector menos el bigote, y Hector má s la gorra. Ambas operaciones le anulaban, y cuando aquella mañ ana salió de los servicios se parecí a a un hombre cualquiera, nadie en particular, el vivo retrato de Don Nadie.

 

Vivió seis meses en Seattle, pasó un añ o en Portland y luego volvió al norte de Washington, donde permaneció hasta la primavera de 1931. Al principio, só lo le moví a el terror. Hector creí a que le iba la vida en aquella huida, y en la é poca inmediatamente posterior a su desaparició n sus ambiciones no eran muy distintas de las de cualquier delincuente: si eludí a su captura veinticuatro horas má s, daba la jornada por bien empleada. Por la mañ ana y por la tarde leí a lo que decí an de é l los perió dicos, siguiendo la evolució n del asunto para ver si estaban sobre su pista.

 

Lo que escribí an le dejaba perplejo, le asombraban los escasos esfuerzos que habí an hecho por conocerle. Hunt era un personaje de mí nima importancia, y sin embargo todos los artí culos empezaban y terminaban con é l: manipulaciones bursá tiles, inversiones ficticias, los negocios de Hollywood en todo su corrompido esplendor. Nunca mencionaban el nombre de Brigid, y mientras no volvió a Kansas nadie se habí a preocupado de hablar con Dolores.

 

Dí a tras dí a menguaba la tensió n, y al cabo de cuatro semanas sin avances la prensa hablaba cada vez menos del asunto y su pá nico empezó a calmarse. Nadie sospechaba de é l. Podrí a haber vuelto a su casa si hubiera querido.

 

Con só lo coger un tren para Los Angeles, habrí a reanudado su vida exactamente donde la habí a dejado.

 

Pero Hector no fue a parte alguna. No habí a nada que le apeteciera má s que estar en su casa de North Orange Drive, sentado con Blaustein en el porche, bebiendo té con hielo y dando los ú ltimos toques a Punto y raya. Hacer cine era como vivir en un delirio. Era el trabajo má s duro y exigente que se hubiera inventado jamá s, y cuanto má s difí cil resultaba, má s estimulante lo encontraba. Estaba aprendiendo có mo funcionaba todo, dominando poco a poco las sutilezas del oficio, y tení a la certeza de que con algo má s de tiempo se le podrí a haber dado muy bien. É sa habí a sido siempre su ú nica ambició n: ser uno de los buenos. Só lo eso habí a deseado, y eso era precisamente lo que ya no se permitirí a hacer má s. Uno no vuelve loca a una chica inocente, ni la deja embarazada, ni sepulta su cadá ver a dos metros y medio bajo tierra para luego seguir su vida como si no hubiera pasado nada. Quien hiciera lo que é l habí a hecho merecí a un castigo. Si el mundo no se lo imponí a, entonces tendrí a que hacerlo é l mismo.

 

Alquiló una habitació n en una pensió n cerca del mercado de Pike Place, y cuando se le acabó finalmente el dinero de la cartera, encontró trabajo en una pescaderí a de la plaza. Levantá ndose a las cuatro de la mañ ana, descargaba camiones entre la niebla que precede al amanecer, levantaba cajas y barriles mientras la humedad de Puget Sound le agarrotaba los dedos y le calaba hasta los huesos. Luego, tras una breve pausa para fumar un cigarrillo, colocaba cangrejos y ostras sobre lechos de hielo picado, antes de que la luz del dí a diera paso a las ocupaciones repetitivas de la jornada: el ruido metá lico de los caparazones al caer en el platillo de la balanza, las bolsas de papel marró n, las ostras que abrí a con su corta y mortí fera cimitarra. Cuando no trabajaba, Herman Loesser leí a libros de la biblioteca pú blica, llevaba un diario y no hablaba con nadie a menos que fuera absolutamente necesario. Su objetivo, explicó Alma, era padecer al má ximo todos los rigores que se habí a impuesto, crearse la mayor incomodidad posible. Cuando el trabajo se le hizo demasiado fá cil, se mudó a Portland, donde encontró trabajo de vigilante nocturno en una fá brica de barriles. Tras el clamor del mercado cubierto, el silencio de sus pensamientos. Sus decisiones no seguí an pauta alguna, observó Alma. Su penitencia era una obra en continuo desarrollo, y los castigos que se imponí a a sí mismo cambiaban en funció n de lo que en un momento dado considerase como sus mayores carencias. Ansiaba compañ í a, deseaba estar de nuevo con una mujer, querí a cuerpos y voces a su alrededor, y por eso se amurallaba en aquella fá brica vací a, esforzá ndose por aprender los aspectos má s sutiles de la abnegació n.

 

La Bolsa se hundió mientras é l estaba en Portland, y cuando la Compañ í a de Barriles Comstock fue a la quiebra a mediados de 1930, Hector se encontró sin trabajo.

 

Por entonces habí a leí do de cabo a rabo varios centenares de libros, comenzando por las novelas clá sicas del siglo XIX de las que siempre hablaba todo el mundo pero que é l nunca se habí a molestado en leer (Dickens, Flaubert, Stendhal, Tolstoi), y luego, cuando creyó que habí a adquirido prá ctica, empezando otra vez desde cero con idea de instruirse de manera sistemá tica. Hector no sabí a casi nada. A los diecisé is añ os dejó el colegio y nadie se habí a preocupado nunca de decirle que Só crates y Só focles no eran el mismo individuo, que George Eliot era una mujer o que La divina comedia era un poema sobre la otra vida y no una comedia de enredo en la que todos los personajes acaban casá ndose con la persona que les conviene. Siempre habí a vivido acuciado por las circunstancias, y nunca habí a tenido tiempo para preocuparse de esas cosas. Ahora, de pronto, disponí a de todo el tiempo del mundo. Encarcelado en su Alcatraz particular, pasó sus añ os de cautividad adquiriendo un nuevo lenguaje para meditar en las condiciones de su supervivencia, para entender el continuo e implacable dolor de su espí ritu.

 

Segú n Alma, el rigor de su formació n intelectual lo fue transformando poco a poco en una persona diferente.

 

Aprendió a distanciarse de sí mismo, a considerarse en primer lugar como un hombre entre los hombres, luego como un conjunto aleatorio de partí culas de materia, y finalmente como una simple mota de polvo; y cuanto má s se alejaba de su punto de partida, afirmó ella, má s cerca estaba de la grandeza. Le habí a enseñ ado sus diarios de la é poca, y cincuenta añ os despué s de aquellos acontecimientos, Alma pudo asistir directamente a la desesperació n de su conciencia. Nunca má s perdido que ahora, me recitó ella, evocando un pasaje de memoria, nunca tan solo y tan inquieto; pero nunca tan vivo. Escribió esas palabras menos de una hora despué s de marcharse de Portland. Luego, casi como una ocurrencia de ú ltimo momento, volvió a ponerse a escribir, añ adiendo un pá rrafo al final de la pá gina: Ahora só lo hablo con los muertos. Só lo en ellos confí o, son los ú nicos que me comprenden. Como ellos, vivo sin futuro.

 

Corrí a el rumor de que habí a trabajo en Spokane. Al parecer las serrerí as buscaban gente, y se decí a que contrataban leñ adores en algunos campamentos del Este y el Norte. A Hector no le interesaban esos trabajos, pero una tarde, poco despué s del cierre de la fá brica de barriles, oyó hablar a dos tipos sobre las oportunidades que se presentaban allá arriba y se le ocurrió una idea, y una vez que le empezó a dar vueltas a la cabeza, ya no pudo resistirlo.

 

Brigid se habí a criado en Spokane. Su madre habí a muerto, pero su padre aú n viví a, sin contar con sus dos hermanas pequeñ as. De todas las torturas que Hector era capaz de imaginar, de todos los dolores que podí a infligirse a sí mismo, ninguno era peor que la idea de ir a la ciudad donde viví a esa familia. Si llegaba a ver al señ or O’Fallon y a las dos chicas, sabrí a có mo eran, y entonces, cada vez que pensara en el dañ o que les habí a causado, sus rostros acudirí an a su mente. Se merecí a ese padecimiento, pensó. Tení a la obligació n de integrarlos en la realidad, de hacer que en su memoria fueran tan reales como la propia Brigid.

 

Conocido aú n por el color de pelo de su infancia, Patrick O’Fallon poseí a y regentaba una tienda de artí culos deportivos llamada El Pelirrojo desde hací a veinte añ os.

 

La mañ ana en que llegó, Hector encontró un hotel barato a dos manzanas al oeste de la estació n de ferrocarril, pagó una noche por adelantado y luego salió a buscar la tienda.

 

Tardó cinco minutos en encontrarla. No habí a pensado en lo que iba a hacer cuando llegara allí, pero se le ocurrió que lo má s prudente serí a quedarse fuera y tratar de ver a O’Fallon a travé s del escaparate. No sabí a si Brigid habí a hablado de é l en alguna de las cartas que escribí a a su casa. Si así era, la familia sabrí a que hablaba con un marcado acento españ ol. Pero lo má s grave serí a que en 1929 habrí a prestado especial atenció n a su desaparició n, y como ya habí an pasado casi dos añ os de la propia desaparició n de Brigid, podrí an ser los ú nicos en todo el paí s en haber establecido una relació n entre ambos casos. No tení a má s que entrar en la tienda y abrir la boca. Si O’Fallon conocí a la existencia de Hector Mann, lo má s probable era que empezara a sospechar al cabo de tres o cuatro frases.

 

Pero a O’Fallon no se le veí a en parte alguna. Con la nariz pegada al cristal, haciendo como que examinaba un juego de palos de golf expuesto en el escaparate, Hector veí a con claridad el interior de la tienda, y en la medida en que podí a estar seguro desde su á ngulo de visió n, dentro no habí a nadie. Ni clientes ni empleados detrá s del mostrador. Todaví a era temprano —poco má s de las diez—, pero el letrero de la puerta decí a ABIERTO, y en vez de quedarse en la calle llena de gente y correr el riesgo de llamar la atenció n, Hector abandonó su plan y decidió entrar. Si descubrí an quié n era, pensó, ya verí a lo que pasaba.

 

La puerta se abrió con un tintineo y el entarimado crujió bajo sus pies cuando se acercó al mostrador del fondo. El local no era grande, pero los estantes estaban repletos de artí culos, y parecí a haber todo lo que un deportista pudiera desear: cañ as de pescar y carretes, aletas de goma y gafas de agua, escopetas y rifles de caza, raquetas de tenis, guantes de bé isbol, balones de fú tbol y de baloncesto, hombreras y cascos, zapatos con clavos y botas con tacos, tees de todas clases, juegos de bolos, pesas y pelotas de gimnasia. Dos hileras de columnas regularmente espaciadas a todo lo largo de la tienda sustentaban el techo, y en cada una habí a una fotografí a enmarcada de O’Fallon el Pelirrojo. Se las habí an tomado de joven, y todas le mostraban entregado a alguna forma de actividad atlé tica.

 

Llevando un equipo de bé isbol en una, de fú tbol americano en otra, pero la mayorí a de las veces corriendo en competiciones con el breve atuendo de un corredor de fondo. En una foto, el cá mara lo habí a inmovilizado en plena zancada, con los pies en el aire, dos metros por delante de su competidor má s pró ximo. En otra, estrechaba la mano a un individuo vestido con frac y sombrero de copa, recibiendo una medalla de bronce en los Juegos Olí mpicos de Saint Louis de 1904.

 

Cuando Hector se acercaba al mostrador, una mujer joven salió de la trastienda, secá ndose las manos con una toalla. Iba mirando al suelo, con la cabeza inclinada hacia un lado, pero aunque no llegaba a verle la cara, habí a algo en su forma de andar, en la caí da de sus hombros, en la manera de pasarse los dedos por la toalla que le dio la impresió n de estar viendo a Brigid. Por espacio de unos segundos, fue como si los ú ltimos diecinueve meses no hubiesen existido. Brigid ya no estaba muerta. Habí a salido de la fosa, abrié ndose paso con las uñ as a travé s de la tierra que é l habí a arrojado con la pala sobre su cuerpo, y allí estaba ahora, intacta y respirando de nuevo, sin el agujero donde habí a tenido el ojo, trabajando de ayudante en la tienda de su padre en Spokane, Washington.

 

La mujer siguió andando hacia el, detenié ndose só lo para dejar la toalla sobre una caja de cartó n sin abrir, y lo asombroso de lo que ocurrió a continuació n fue que incluso cuando ella levantó la cabeza y le miró a los ojos, la ilusió n persistió. Tambié n tení a la cara de Brigid. Era la misma mandí bula y la misma boca, la misma frente y la misma barbilla. Cuando le sonrió un momento despué s, vio que tambié n era la misma sonrisa. Só lo cuando estuvo a metro y medio de é l empezó a notar alguna diferencia.

 

Tení a el rostro cubierto de pecas, lo que no podí a decirse de Brigid, y los ojos de un verde má s oscuro. Tambié n los tení a má s separados, un poco má s retirados del puente de la nariz, y esa minú scula alteració n de los rasgos realzaba la armoní a general de su rostro, hacié ndola un poco má s bonita de lo que habí a sido su hermana. Hector le devolvió la sonrisa, y cuando ella llegó al mostrador y le habló con la voz de Brigid, preguntá ndole si podí a servirle en algo, é l ya no tení a la sensació n de que estaba a punto de caerse redondo al suelo.

 

Buscaba al señ or O’Fallon, dijo é l, y se preguntaba si serí a posible hablar con é l. No hací a esfuerzo alguno por disimular su acento, pronunciando la palabra señ or con una exagerada vibració n en la erre, y entonces se inclinó hacia ella, observando su rostro en busca de alguna reacció n. Nada ocurrió, o mejor dicho, la conversació n prosiguió como si nada hubiera pasado, y en ese momento Hector comprendió que Brigid habí a mantenido en secreto su relació n con é l. Se habí a criado en una familia cató lica, y debió de mostrarse reacia ante la idea de dejar que su padre y sus hermanas se enterasen de que estaba acostá ndose con un hombre prometido a otra mujer y de que ese hombre, cuyo pene estaba circunciso, no tení a intenció n de romper su compromiso para casarse con ella. De ser así, probablemente tampoco se habrí an enterado de que estaba embarazada. Ni de que se habí a cortado las venas en la bañ era; ni de que habí a pasado dos meses en un hospital soñ ando con formas mejores y má s eficaces de suicidarse. Incluso era posible que hubiese dejado de escribirles antes de que Saint John apareciese en escena, cuando aú n tení a plena confianza en que todo iba a salir como ella esperaba.

 

Para entonces los pensamientos de Hector iban a galope tendido, precipitá ndose en todas direcciones a la vez, y cuando la mujer de detrá s del mostrador le dijo que su padre estaba fuera de la ciudad, que se habí a ido a hacer unas gestiones a California y no vendrí a hasta la semana siguiente, Hector supo sin ningú n gé nero de dudas de qué gestiones se trataba. O’Fallon el Pelirrojo habí a ido a Los Angeles a hablar con la policí a sobre la desaparició n de su hija. A instarles a que hicieran algú n avance en una investigació n que vení a alargá ndose desde hací a ya demasiados meses, y a decirles que si no estaba satisfecho con sus respuestas, contratarí a a un detective privado para que emprendiera la bú squeda desde el principio. A la mierda los gastos, probablemente dijo a su hija antes de marcharse de Spokane. Habí a que hacer algo antes de que fuese demasiado tarde.



  

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