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De ratones y hombres 6 страница



-Bueno, yo no hago nada. ¿ Acaso creé is que no me gusta hablar con alguien de vez en cuando? ¿ Creé is que me gusta estar siempre metida en esa casa?

Candy apoyó el muñ ó n de su muñ eca en una rodilla y lo frotó suavemente con la mano. Contestó, luego, en tono acusador:

-Usted tiene marido. No tiene por qué meterse con los demá s, siempre causando complicaciones.

La mujer se encolerizó.

-Claro que tengo marido. Todos lo habé is visto. Un hombre formidable, ¿ verdad? Se pasa todo el tiempo diciendo lo que va a hacer con los tipos que no le gustan; y nadie le gusta. ¿ Creé is que me voy a quedar metida en esa casita y escuchar qué va a hacer Curley? Dos fintas con la izquierda, y despué s la derecha, esa derecha de antes, bien fuerte. «Uno-dos —dice-. El uno-dos famoso, y al suelo el tipo. »

Hizo una pausa y su rostro perdió el enfado y expresó interé s.

-Decidme..., ¿ qué le ha pasado a Curley en la mano?

Hubo un silencio incó modo. Candy dirigió una mirada a Lennie. Luego tosió.

-Pues... Curley... metió la mano en una má quina, señ ora. Se rompió la mano.

La mujer los miró durante un instante y luego soltó una carcajada.

-¡ Bah! ¡ Cuentos! ¿ Creé is que me podé is engañ ar? Lo que pasa es que Curley quiso hacer algo y no pudo. Con una má quina..., ¡ tonterí as! Si desde que se rompió la mano no ha dicho una sola vez có mo va a lanzar su uno-dos... ¿ Quié n le rompió la mano?

Candy repitió empecinadamente:

-Se la lastimó con una má quina.

-Bueno -dijo despreciativa la mujer-. Bueno, tá palo, si quieres. ¿ Qué me importa? Os creé is que sois muy buenos. ¿ Qué pensá is que soy yo, una criatura...? Os digo que podrí a estar trabajando en el teatro. Y no en cualquier cosa. Y un tipo me dijo que podí a introducirme en el mundo del cine... -Habí a perdido el aliento a causa de la indignació n-. Sá bado por la noche. Todo el mundo fuera. ¡ Todo el mundo! Y yo, ¿ qué hago yo? Aquí hablando con tres pobres peones, tres momias: un negro, un imbé cil y un viejo piojoso... Y tengo que conformarme porque no hay nadie má s.

Lennie la miraba, semiabierta la boca. Crooks se habí a refugiado en la terrible dignidad protectora del negro. Pero se operó un cambio en el viejo Candy. Se incorporó de pronto y volteó hacia atrá s el cajó n en que estaba sentado.

-¡ Basta! -vociferó enfurecido-. Usted no hace falta aquí. Ya le pedimos que se fuera. Y le digo que se equivoca cuando dice lo que somos nosotros. No tiene en esa cabeza de pá jaro sesos bastantes para comprender que no somos pobres peones. Há ganos echar, si quiere. Haga la prueba. Cree que nos vamos a ir por los caminos a buscar otro trabajo tan apestoso como é ste. No sabe que tenemos nuestro propio rancho, nuestra casa. No tenemos por qué quedarnos aquí. Tenemos una casa y gallinas y frutales y un campo cien veces má s bonito que é ste. Y tenemos amigos; eso es lo que tenemos. Tal vez hubo un tiempo en que nos asustaba que nos echaran, pero ahora no. Tenemos nuestra propia tierra, y es nuestra, y podemos vivir en ella.

La mujer de Curley se rió de é l.

-¡ Qué disparate! -exclamó -. Conozco bien a los hombres como vosotros. Si tuvierais una moneda ya habrí ais ido a comprar alcohol, y estarí ais lamiendo hasta el fondo del vaso. Os conozco bien.

El rostro de Candy habí a ido enrojeciendo progresivamente pero, antes de que la mujer terminara de hablar, ya habí a conseguido dominarse. Era dueñ o de la situació n.

-Debí a haberlo supuesto -continuó suavemente-. Tal vez sea mejor que haga revolear sus faldas por otro sitio. No tenemos nada que decirle, nada. Sabemos lo que somos y lo que tenemos, y nos importa muy poco si usted lo sabe o no. De manera que lo mejor serí a que se marchara de una vez, porque tal vez no le guste a Curley que su mujer esté en el granero con unos pobres peones.

Miró la mujer de un rostro a otro, y todos estaban cerrados para ella. Y miró má s detenidamente a Lennie, hasta que lo obligó a bajar los ojos, abochornado. De pronto preguntó la mujer:

-¿ Có mo se lastimó así la cara?

Lennie alzó la mirada culpable:

-¿ Quié n..., yo?

-Sí, tú.

Lennie volvió el rostro hacia Candy en busca de auxilio, y despué s volvió a mirarse las rodillas.

-Una má quina le rompió la mano -aseguró.

La mujer de Curley se echó a reí r.

-Está bien, Má quina. Ya hablaré despué s contigo. Me gustan las má quinas.

Candy intervino.

-Usted deje a este hombre en paz. No se meta con é l. Voy a contarle a George todo lo que ha dicho. George no permitirá que se meta con Lennie.

-¿ Quié n es George? ¿ Ese hombrecito que vino contigo?

Lennie sonrió con alegrí a.

-Eso es –contestó -. É se es George, y me va a dejar cuidar los conejos.

-Bueno, si todo lo que quieres es eso, yo podrí a conseguirte tambié n un par de conejos.

Crooks se puso de pie y se irguió frente a la mujer.

-Ya basta -cortó frí amente-. Usted no tiene derecho a entrar en el cuarto de un hombre de color. No tiene derecho a acercarse siquiera aquí. Ahora vá yase, y vá yase pronto. Si no, voy a pedir al patró n que no la deje entrar má s en este granero.

Ella se volvió hacia el peó n negro, llena de desprecio.

-Escucha, negro -dijo-. ¿ Sabes lo que soy capaz de hacer si vuelves a abrir la boca?

Crooks la miró con expresió n desamparada; luego se sentó en su camastro y se replegó dentro de sí mismo.

La mujer se le acercó.

-¿ Sabes lo que podrí a hacer yo?

Crooks pareció empequeñ ecerse y se apretó contra la pared.

-Sí, señ ora.

-Bueno, guarda las distancias entonces, negro. Me serí a tan fá cil, tan condenadamente fá cil hacerte colgar de un á rbol que ya no serí a ni divertido.

Crooks se habí a reducido a la nada. No habí a personalidad, no habí a un yo: nada que despertase gusto o disgusto. Repitió:

-Sí, señ ora.

Y su voz no tení a tono.

Durante unos instantes siguió ella de pie a su lado, como si esperara que se moviese para poder fustigarle otra vez; pero Crooks estaba totalmente quieto, desviados los ojos, retirado todo lo que podí a ser herido. Por fin la mujer se volvió hacia los otros dos.

El viejo Candy la miraba, fascinado.

-Si llegara a hacer eso -dijo suavemente- nosotros lo contarí amos todo.

-Contad, qué diablos -exclamó la mujer-. Nadie os escucharí a, y lo sabé is muy bien. Nadie os escucharí a.

Candy cedió.

-No... -convino-. Nadie nos escucharí a.

-Quiero que venga George -lloriqueó Lennie-. Quiero que vuelva George.

Candy se acercó a é l.

-No te aflijas. Acabo de oí rlos regresar. George debe de estar ya en el cuarto de peones, con todos los demá s. -Se volvió hacia la mujer de Curley-. Mejor harí a en irse ahora -aconsejó lentamente-. Si se va ahora, no le diremos a Curley que estuvo aquí.

Ella lo escrutó frí amente.

-No estoy muy segura de que los hayas oí do volver.

-Mejor es que me crea. Si no está segura, vá yase para no correr el riesgo.

Ella se volvió hacia Lennie.

-Me alegro de que hayas golpeado un poco a Curley. Se lo estaba buscando. A veces yo misma querrí a golpearlo.

Se deslizó por la puerta y desapareció en el oscuro granero. Y mientras atravesaba el establo repicaron las cadenas de los ronzales, y algunos caballos resoplaron y otros golpearon los cascos.

Crooks pareció salir lentamente de las capas de protecció n en que se habí a refugiado.

-¿ Es cierto que oyó que volví an los muchachos? -preguntó.

-Claro que los oí.

-Bueno, yo no oí nada.

-La puerta dio un golpe hace un rato -informó Candy, y continuó -: Dios, qué poco ruido hace esa mujer para moverse. Supongo que tendrá mucha prá ctica.

Crooks eludió ahora todo el tema.

-Tal vez será mejor que se vayan -sugirió -. Me parece que no quiero que esté n má s aquí. Un hombre de color debe tener algunos derechos, aunque no le gusten.

-Esa perra -comentó Candy- no debió decirle eso.

-No es nada -murmuró apagadamente Crooks-. Ustedes hicieron que olvidara, al venir a sentarse aquí. Lo que ella dice es verdad.

Los caballos resoplaron en el establo y las cadenas repicaron, y una voz llamó:

-Lennie. Eh, Lennie. ¿ Está s aquí?

-Es George -gritó Lennie. Y respondió -: Aquí, George. Aquí estoy.

Un segundo má s tarde George aparecí a en el umbral desde donde miró a su alrededor, con expresió n de desaprobació n.

-¿ Qué está s haciendo en el cuarto de Crooks? No debí as haber venido aquí.

Crooks asintió.

-Eso les dije, pero entraron de todos modos.

-Bueno, ¿ por qué no los echó a patadas?

-No me molestaban -repuso Crooks-. Lennie es un buen tipo.

Candy reaccionó en ese momento:

-¡ Ah, George! He estado haciendo cuentas y cuentas. He calculado có mo podremos ganar dinero con esos conejos.

George frunció el ceñ o.

-Me parece que os dije que no hablaseis de eso con nadie.

-No hablamos má s que con Crooks -explicó Candy, alicaí do.

-Bueno -dijo George-, ahora los dos os marchá is de aquí. Parece que no puedo dejaros solos ni un minuto, Dios mí o.

Candy y Lennie se pusieron de pie y fueron hacia la puerta. Crooks llamó:

-¡ Candy!

-¿ Eh?

-¿ Se acuerda de lo que dije? ¿ Del trabajo que podí a hacer yo?

-Sí. Me acuerdo.

-Bueno, olví delo. No quise decir eso. Estaba bromeando. No me gustarí a ir a un sitio así.

-Bueno, bueno, si piensa eso... Buenas noches.

Los tres hombres salieron. Al pasar por el establo, los caballos resoplaron y repicaron las cadenas de los ronzales.

Crooks se sentó en su camastro, miró por un momento hacia la puerta y luego buscó el frasco de linimento. Se levantó la camisa hasta el cuello, vertió un poco de linimento en la rosada palma y, estirando el brazo en una curva, empezó lentamente a frotarse la espalda.


CAPÍ TULO 6

 

Un extremo del enorme granero estaba ocupado por una alta pilada de heno nuevo y sobre la pilada pendí a la horquilla mecá nica de cuatro puntas, suspendida de su polea. El heno caí a como la ladera de una montañ a hacia el otro extremo del granero y habí a un espacio al nivel del suelo sin ocupar todaví a por la nueva cosecha. A los lados se veí an los pesebres, y entre las barras de cada uno se distinguí an las cabezas de los caballos.

Era domingo por la tarde. Los caballos en descanso mordisqueaban las restantes hojas de heno, y golpeaban los cascos y mordí an la madera del pesebre y hací an sonar las cadenas de los ronzales. El sol de la tarde penetraba por las grietas de las paredes del granero y yací a en brillantes paralelas sobre el heno. Habí a en el aire un zumbido de moscas, el perezoso susurro de la tarde.

Desde fuera llegaba el tañ ido de las herraduras contra la estaca de juego y los clamores de los hombres, para jugar, para alentar, para mofarse. Pero en el granero habí a calma y zumbido y pereza y calor.

Só lo Lennie estaba en el granero; Lennie se habí a sentado en el heno junto a un cajó n y bajo un pesebre situado en el extremo del granero no ocupado todaví a por el heno. Lennie, sentado sobre el heno, miraba a un perrito muerto que yací a frente a é l. Lo miró largo rato, luego extendió su mano enorme y lo acarició desde la cabeza a la cola.

Y Lennie dijo suavemente al cachorrito:

-¿ Por qué has tenido que morirte? No eres tan pequeñ o como los ratones. No te pegué muy fuerte.

Dobló hacia atrá s la cabeza del cachorro y siguió hablá ndole:

-Ahora quizá George no me deje cuidar los conejos, si descubre que has muerto.

Excavó un hueco en la paja, metió en é l al cachorro y lo cubrió con heno hasta ocultarlo; pero siguió mirando el montí culo que habí a hecho.

-Esto -continuó - no es algo tan malo como para tener que esconderme en el matorral. ¡ Oh, no! No es para tanto. Le diré a George que te encontré muerto.

Desenterró el cachorro y lo inspeccionó, y volvió a acariciarlo desde las orejas a la cola. Y continuó hablando acongojado.

-Pero lo va a saber. George siempre sabe. Me va a decir: «Tú lo mataste. No trates de engañ arme». Y va a decir: «Ahora, no vas a cuidar los conejos».

De pronto, explotó su ira.

-¡ Maldito seas! -exclamó -. ¿ Por qué has tenido que ir y morirte? No eres tan pequeñ o como los ratones.

Levantó el perrito y lo arrojó a lo lejos. Le volvió la espalda. Se sentó, muy inclinado el busto sobre las rodillas, y murmuró:

-Ahora no van a dejar que cuide de los conejos. Ahora George no me va a dejar.

Se inclinó hacia adelante y atrá s, mecié ndose en su desventura.

Desde fuera llegaba el tañ ido de las herraduras contra la estaca de hierro y luego un breve coro de gritos. Lennie se incorporó y buscó el perrito, lo tendió en el heno y se sentó. Volvió a acariciar al cachorro.

-No eras bastante grande -susurró -. Me dijeron y me repitieron que todaví a no eras grande. Yo no sabí a que ibas a morir tan fá cilmente.

Tomó entre sus dedos la flá ccida oreja del perrito.

-Quizá George no se enoje -se consoló -. Este condenado hijo de perra no era nada para George. A lo mejor no le importa.

La mujer de Curley apareció dando la vuelta al extremo del ú ltimo pesebre. Caminaba muy lentamente, de modo que Lennie no la vio. Llevaba su vistoso vestido de algodó n y las chinelas con rojas plumas de avestruz. Tení a la cara muy maquillada y sus bucles, como salchichas, estaban dispuestos cuidadosamente. Llegó muy cerca de Lennie antes de que é ste alzara la mirada y la viera.

Lleno de pá nico, Lennie echó heno sobre el cachorro, con los dedos. Luego alzó hacia la mujer su arisca mirada.

-¿ Qué tienes ahí, hijito? -preguntó ella.

Lennie la miraba con enojo.

-George dice que no tengo nada que ver con usted; que no hable con usted.

-¿ George -rió ella- te da ó rdenes para todo?

Lennie bajó la vista hacia el heno.

-Dice que no podré cuidar los conejos si hablo con usted o cualquier cosa.

-George -opinó tranquilamente la mujer- tiene miedo de que Curley se enoje. Bueno, Curley tiene el brazo en cabestrillo..., y si se enoja, bien puedes romperle la otra mano. No me van a engañ ar con eso de que una má quina le pilló la mano.

Pero Lennie no cedí a.

-No, señ ora. No voy a hablar con usted, ni nada.

Ella se arrodilló en el heno, a su lado.

-Escucha. Todos los muchachos está n jugando un campeonato de herraduras. No son má s que las cuatro. Ninguno de los muchachos va a dejar de jugar. ¿ Por qué no puedo hablar contigo? Nunca hablo con nadie. Me siento tan sola...

-Bueno -dijo Lennie-, pero yo no debo hablar con usted, ni nada.

-Me siento muy sola. Tú puedes hablar con cualquiera, pero yo no puedo hablar má s que con Curley. Si no, se enfada. ¿ Te gustarí a no poder hablar con nadie?

-Bueno, pero yo no debo hablar. George tiene miedo de que me meta en lí os.

Ella cambió de tema.

-¿ Qué es lo que has tapado ahí?

Entonces volvió a Lennie toda su pena.

-No es má s que mi cachorro -murmuró tristemente-. Mi cachorrito.

Y quitó el heno que lo cubrí a.

-¡ Pero, si está muerto!

-Era tan pequeñ o. Yo estaba jugando con é l, nada má s..., y é l hizo como para morderme... y yo hice como que le pegaba... y... y le pegué. Y entonces se murió.

-No te aflijas -le consoló la mujer-. Era un perrito cualquiera. Puedes conseguir otro en cualquier parte. Los hay a montones.

-No es eso -explicó Lennie lentamente-. George no me dejará cuidar los conejos ahora.

-Por qué?

-Porque me dijo que si hago má s disparates no me va a dejar cuidar los conejos.

Ella se le acercó má s y le habló con voz consoladora.

-No te preocupes por hablar conmigo. Escucha có mo gritan los muchachos ahí fuera. Han apostado cuatro dó lares en ese campeonato. Ninguno de ellos va a venir hasta que terminen de jugar.

-Si George me ve hablando con usted, me va a reñ ir mucho -dijo Lennie cautelosamente-. É l mismo me lo dijo.

Se enfureció el rostro de la mujer.

-¿ Qué tengo yo? -gritó -. ¿ No tengo derecho a hablar con nadie? ¿ Qué os creé is que soy, pues? Tú eres un buen hombre. No sé por qué no puedo conversar contigo. No te hago ningú n mal.

-Bueno, George dijo que nos va a meter en un lí o.

-¡ Bah, qué estupidez! ¿ Qué mal te hago? Parece que a ninguno le importa có mo tengo que vivir yo. Te digo que no estoy acostumbrada a vivir así. Yo podí a haber hecho otra vida. -Y luego añ adió sombrí amente—: Quizá s pueda todaví a. -Y entonces sus palabras se derramaron en un pasió n comunicativa, como si debiera apresurarse antes de que le arrebataran el oyente-. Yo viví a en Salinas, en el mismo pueblo. Fui a vivir allí cuando era muy pequeñ a. Bueno, pasó una compañ í a de teatro y conocí a uno de los actores. Me dijo que podí a ir con la compañ í a. Pero mi madre no me dejó. Dice que era porque yo tení a quince añ os solamente. Pero el hombre dijo que yo podí a ir. Si hubiera ido, no estarí a viviendo como ahora, puedes estar seguro.

Lennie acarició y acarició su cachorro.

-Vamos a tener un pedazo de tierra... y conejos -explicó.

-En otra ocasió n -prosiguió ella rá pidamente con su relato, antes de que la interrumpiera- conocí a un hombre que estaba en el cine. Fui al Palacio de la Danza con é l. Me dijo que iba a hacerme trabajar en el cine. Dijo que yo habí a nacido para artista. Tan pronto como volviera a Hollywood me iba a escribir. -Miró fijamente a Lennie para ver si estaba impresionado—. La carta nunca me llegó. Siempre he creí do que mi madre la robó. Bueno, yo no iba a quedarme en un lugar donde no podí a ir a ninguna parte o llegar a ser alguien por mí misma y donde me robaban las cartas. Le pregunté si me la habí a robado, y me dijo que no. Entonces me casé con Curley. Lo conocí en el Palacio de la Danza esa misma noche. ¿ Está s escuchá ndome?

-¿ Yo? Claro.

-Bueno. Esto no se lo he contado a nadie. Quizá no debiera confesá rtelo. Pero no me gusta ese Curley. No me gusta. -Y porque habí a puesto su confianza en Lennie, se acercó a é l y se sentó a su lado—. Podrí a estar ahora en el cine y tener bonitos vestidos, como tienen todas las artistas. Y podrí a ir a esos hoteles tan grandes, y dejarme fotografiar. Y podrí a ir a los estrenos y hablar por radio y no me costarí a un centavo porque serí a famosa. Y llevarí a vestidos tan bonitos como los de todas ellas. Porque ese hombre dijo que yo habí a nacido para artista.

Alzó la mirada hacia Lennie e hizo un pequeñ o ademá n grandilocuente con el brazo y la mano para demostrar su arte. Los dedos siguieron a la muñ eca doblada, y el meñ ique se separó exageradamente de los demá s.

Lennie suspiró hondo. Desde el exterior llegó el tañ ido de una herradura sobre el metal, y luego un coro de ví tores.

-Alguien embocó la herradura -dijo la mujer de Curley.

Se iba elevando ahora la luz, con el ocaso del sol, y sus rayos trepaban por las paredes y caí an en los pesebres y en las cabezas de los caballos.

-Tal vez -susurró Lennie- si llevara este perrito y lo tirara muy lejos, George no se enterarí a. Y entonces podrí a cuidar los conejos.

-¿ Tú no piensas má s que en conejos? -inquirió con rabia la mujer de Curley.

-Vamos a tener un trozo de tierra -informó pacientemente Lennie-. Vamos a tener una casa y una huerta y un campo de alfalfa, y esa alfalfa es para los conejos; y yo voy a coger un montó n de alfalfa para los conejos.

-¿ Por qué te gustan tanto los conejos? -preguntó ella.

Lennie tuvo que pensar cuidadosamente antes de llegar a una conclusió n. Se acercó cautelosamente a la mujer, hasta quedar junto a ella.

-Me gusta acariciarlos. Una vez en una feria vi unos de é sos con el pelo muy largo. Y eran bonitos, sí señ or. A veces acaricio ratones, pero só lo cuando no consigo algo mejor.

La mujer de Curley se separó un poco del hombre y opinó:

-Me parece que está s loco.

-No, no es cierto -explicó diligentemente Lennie-. George dice que no estoy loco. Me gusta acariciar cosas bonitas, cosas suaves.

-Bueno -dijo la mujer, algo tranquilizada-, ¿ a quié n no le gusta? A todo el mundo le gusta. A mí me gusta acariciar la seda y el terciopelo. ¿ A ti te gusta tocar terciopelo?

-Cielos, claro que sí -repuso Lennie alegremente-. Y tambié n tuve un poco, hace tiempo. Una señ ora me dio un poco, y esa se ñ ora era... mi tí a Clara. Me lo regaló..., un pedazo así de grande. Me gustarí a tener ahora ese terciopelo. -Se le arrugó el ceñ o-. Lo perdí. Hace mucho que no lo veo.

-Está s loco de remate -se rió de é l la mujer de Curley-. Pero no eres malo. Como un niñ o grande. Pero una puede comprender lo que dices. A veces, cuando me peino, me quedo sentada acariciá ndome el cabello porque es tan suave. -Para mostrar có mo lo hací a, se pasó los dedos sobre lo alto de su cabeza-. Hay quienes tienen el pelo muy á spero -comentó complacida-. Como Curley. Tiene el pelo como alambre. Pero el mí o es bonito y sedoso. Claro que me lo cepillo mucho. Por eso es bonito. Mira... pasa la mano por aquí. -Tomó la mano de Lennie y se la llevó sobre la cabeza-. Toca aquí y verá s qué sedoso es.

Los grandes dedos de Lennie empezaron a acariciarle el cabello.

-No me lo enredes -pidió la mujer.

-¡ Oh, qué bonito! -exclamó Lennie, y acarició con má s fuerza-. ¡ Qué bonito!

-Cuidado, que me lo vas a enredar. -Y luego gritó furiosa la mujer-: Basta ya, me vas a enredar todo el cabello. -Echó bruscamente a un lado la cabeza, y los dedos de Lennie se cerraron en sus cabellos y los apretaron.

-¡ Suelta! ¡ Sué ltame, te digo!

Lennie era presa del pá nico. Se contorsionó su rostro. Gritó entonces la mujer, y la otra mano de Lennie se cerró sobre su boca y su nariz.

-No, por favor -rogó -. ¡ Oh! Por favor, no haga eso. George se va a enojar.

Ella luchó violentamente bajo las manos enormes. Lucharon sus pies sobre el heno, y se sacudió todo su cuerpo para liberarse; y por debajo de la mano de Lennie surgió un chillido ahogado. Lennie empezó a gritar de terror.

-¡ Oh! Por favor, no haga eso -volvió a rogar-. George va a decir que hice un disparate. No va a dejar que cuide los conejos. -Apartó un poco la mano, y se oyó un á spero grito. Entonces Lennie se encolerizó -. Le he dicho que no. No quiero que grite. Me va a meter en un lí o, como dijo George. No haga eso. -Y ella continuó luchando, con ojos desorbitados por el terror-. No siga gritando -dijo Lennie, y la sacudió; y el cuerpo de la mujer se movió flá ccidamente, como el de un pez. Y luego quedó quieta, porque Lennie le habí a quebrado el cuello.

Lennie la miró, y con mucho cuidado quitó la mano de la boca, y ella quedó quieta.

-No quiero lastimarla -murmuró -, pero George se va a enfadar si la oye gritar.

Cuando advirtió que no le respondí a ni se moví a, se inclinó muy cerca de ella. Levantó el brazo de la mujer y lo dejó caer. Por un instante pareció ató nito. Y luego murmuró aterrorizado:

-He hecho algo malo. He vuelto a hacer algo malo.

Con sus manazas cavó el heno hasta cubrir en parte el cuerpo femenino. Desde afuera llegó un clamor de hombres y un doble tañ ido de herraduras sobre metal. Por primera vez tuvo Lennie conciencia del exterior. Se agazapó en el heno y escuchó.

-Ahora sí que he hecho algo muy malo -repitió -. No debí a haber hecho eso. George se va a enfadar. Y... me dijo... que me escondiera en el matorral hasta que é l llegue. Se va a enfadar. En el matorral hasta que é l llegue. Eso es lo que dijo. -Retrocedió y miró a la mujer muerta. El cachorro yací a junto a ella. Lennie lo recogió -. Lo voy a tirar muy lejos. Con é sta ya es suficiente. -Se puso el cachorro bajo el chaquetó n, avanzó agazapado hasta la pared del granero, y espió por las rendijas, hacia el juego de herraduras. Luego se deslizó hasta el extremo del ú ltimo pesebre, dio la vuelta a é ste y desapareció.

Las lí neas del sol estaban ya muy altas en la pared, y la luz era cada vez má s leve en el granero. La mujer de Curley yací a de espaldas, cubierta a medias por el heno.

La calma era total en el granero, y la quietud de la tarde habí a alcanzado al rancho. Incluso el sonido de las herraduras y las voces de los hombres que jugaban parecí an haberse vuelto má s suaves. El aire del granero era crepuscular adelantá ndose a la marcha del dí a exterior. Una paloma entró volando por la puerta y luego de trazar un cí rculo se marchó volando. Rodeando el ú ltimo pesebre se aproximó una perra ovejera, flaca y larga, con ubres pesadas, pendientes. A mitad del camino hacia el cajó n donde estaban los cachorros captó el olor a muerte de la mujer de Curley, y se le erizó el pelo a lo largo del lomo. Dio un gemido, se acercó temerosa al cajó n y saltó entre sus cachorros.

La mujer de Curley yací a cubierta a medias por el heno amarillo. La mezquindad y los planes, el descontento y el ansia de ser atendida habí an desaparecido de su rostro. Estaba muy bella y sencilla, y su cara era dulce y joven. Sus mejillas pintadas y sus enrojecidos labios la hací an parecer viva todaví a, muy levemente dormida. Los bucles, diminutos rollos, estaban tendidos sobre el heno tras la cabeza; los labios, entreabiertos.



  

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